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Luis Enrique Otero Carvajal

Profesor Titular de Historia Contemporánea. Universidad Complutense. Madrid. España (Spain).

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CIENCIA Y CULTURA EN MADRID, SIGLO XX. EDAD DE PLATA, TIEMPO DE SILENCIO Y MERCADO CULTURAL.
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Publicado en: Fernández García, A. (dir.): Historia de Madrid. Madrid, Universidad Complutense, 1993. ISBN: 84-7491-474-4.

ÍNDICE

LA EDAD DE PLATA, 1890-1936.

La generación del 98. Madrid en el cambio de siglo.

Las tertulias de café. Espacio de sociabilidad cultural.

El Madrid del cuplé. La hora del descoque.

El esplendor musical. De Falla a Nijinsky.

La generación del 14. Madrid ciudad cosmopolita.

Las vanguardias y la generación del 27.

La vanguardia plástica de la escuela de Vallecas al surrealismo.

Madrid protagonista de la Edad de Plata de la ciencia española.

La recepción de la teoría de la relatividad.

La República de las letras.

Madrid, el hollywood español.

La polarización política de los intelectuales.

Madrid en guerra. El fin de la Edad de Plata.

TIEMPO DE SILENCIO. 1939-1956.

Tiempos de confrontación. 1956-1976.

DEMOCRACIA Y SOCIEDAD DE CONSUMO. EL MERCADO CULTURAL.

Cabria interrogarse sobre la licitud de referir a un espacio concreto, en este caso Madrid, lo que acaece en el ámbito de la ciencia y la cultura, por el mero hecho de que sus protagonistas residieran en la Villa y Corte. De otra parte, el término cultura madrileña se torna problemático a la hora de establecer su contenido semántico. ¿Nos referimos con ello a las creaciones que toman por objeto la recreación de los modos de vida, las costumbres o el modo de ser de los madrileños?. Tal como fue reflejado por el costumbrismo decimonónico, que encontró su expresión más acabada en el casticismo y en los arquetipos recreados por la zarzuela, hasta elevarlos a la categoría de tópicos en cuyo espejo, más o menos distorsionante, se refleja el carácter de los madrileños. O bien, se trata de minusvalorar esta realidad, en función del desagrado que nos producen unos estereotipos que nos remiten a una degradada cultura de opereta, centrando nuestro foco de interés en la alta cultura realizada en la capital. El problema es complejo y nos confronta directamente con la dualidad que atraviesa a Madrid de un extremo a otro a lo largo del siglo XIX y primer tercio del XX, por el hecho de ser simultáneamente Villa y Corte. Ciudad preindustrial dominada por el mundo de los oficios y de los valores tradicionales de una nobleza que se resiste a morir. Pero a la vez, capital del nuevo estado liberal y del mundo de los negocios, cuya articulación convierte a Madrid en el centro neurálgico de la Administración, la política, la Bolsa y las instituciones culturales y científicas del país, comenzando por la Universidad.

foto1.jpg (41402 bytes)A pesar de los interrogantes planteados, resulta pertinente hablar de ciencia y cultura en Madrid, en la medida que estas se desarrollan en un espaciotiempo concreto, en el que la personalidad del autor se encuentra inmersa en un ambiente determinado, marcado por las preocupaciones colectivas, las corrientes científicas y culturales en boga, la pugna por definir la autonomía de su obra en oposición al ayer periclitado y la adhesión a un grupo o corriente que abra el camino hacia el reconocimiento, a través de su integración en un marco de sociabilidad articulado en torno a las tertulias, la presencia en las instituciones culturales -como el Ateneo o la Residencia de Estudiantes, por citar alguna de las más significadas-, la común asistencia a conferencias y espectáculos públicos -estrenos teatrales, homenajes,...- y formar parte de la nómina de periódicos y revistas. De la misma manera que podemos hablar del París de la belle époque, de la Viena de fin de siglo o del Berlín de Weimar, podemos referirnos al Madrid de la Edad de Plata, a la época que transcurre entre el último decenio del pasado siglo y el estallido de la guerra civil.

En cualquier caso, 1885 constituye a nuestro juicio un momento con la suficiente carga simbólica como para poder situar el comienzo de nuestro trabajo. En 1884 se produce la inauguración de los nuevos locales del Ateneo de Madrid, siendo presidente de la junta directiva Antonio Cánovas del Castillo. Entre 1884 y la primavera de 1885 se publican los dos volúmenes de La Regenta. En diciembre de 1884 Jaime Vera presenta su Informe a la Comisión de Reformas Sociales. Entre 1886 y 1887 se publica Fortunata y Jacinta y en 1887 asistimos al fin del naturalismo en España. Además, 1885 es el año de la muerte de Alfonso XII, finalizando con ella la primera etapa de la Restauración.

Por otra parte en 1877 había aparecido en España El origen de las Especies de Darwin, y en 1885 se editó La descendencia del hombre y la selección en relación al sexo, marcándose entre ambas fechas el momento de expansión del evolucionismo de raíces darwinistas y spencerianas en la Península; junto a estos acontecimientos editoriales también aparecerá por primera vez la traducción directa del alemán de La Crítica de la Razón Pura de Kant.

En el caso que nos ocupa, hablar de Madrid como el centro de la creación cultural y científica de la España del momento no es una exageración. La propia estructura de la Universidad española de la época, hacía de Madrid el centro de la ciencia oficial, posición acrecentada por la localización en la capital de las diferentes Reales Academias y otros organismos oficiales. Pero Madrid no era solamente núcleo de la ciencia oficial. Es aquí donde estaban aquellas instituciones no oficiales en las cuales se debatían los grandes temas del país, entre las que destaca el Ateneo Madrileño; aquí residían los inspiradores de la Institución Libre de Enseñanza, pieza esencial en la renovación del ambiente cultural español. También en esta ciudad se hallaban las tertulias de mayor renombre en las que los bates y figuras consagradas de la literatura y del pensamiento intercambiaban sus opiniones sobre los más diversos temas, y en donde las nuevas corrientes de pensamiento europeas eran rápidamente recibidas y, a través de ellas, difundidas.

Ginerrioscossiorubio1a.JPG (37322 bytes)En Madrid estaba la única universidad completa en la que se podía estudiar cualquier carrera. Se va uno a Madrid para terminar sus estudios primero, para firmar las oposiciones después, para escribir en la prensa nacional o hacer carrera política. Todos desde sus provincias sintieron algún día esta urgente llamada de Madrid. "Clarín" y Pardo Bazán, Nuñez de Arce y Ortega Munilla, Pérez Galdós, Unamuno, Ganivet, Valle-Inclán, Azorín, Baroja, Juan Ramón Jiménez, los Machado, Fernando de los Rios, Ramón y Cajal,... en algún momento de su trayectoria intelectual recalaron en Madrid. La importancia de Madrid en el panorama cultural de la época queda reforzado por el hecho de que el 70% de la producción intelectual del país se realizaba en la capital. En 1894 el 31,90% de las imprentas se localizaban en esta ciudad y el 33,88% en 1914, superando en ambas fechas ampliamente a Barcelona.

Para muchos de los intelectuales de estos años, desde Posadas a Juan Ramón Jiménez, es fundamental en su llegada el encuentro con Giner de los Rios y Manuel Bartolomé Cossio, con Salmerón y Simarro, con los "santos varones de la Institución Libre de Enseñanza". Muchos han estudiado desde su niñez en la famosa institución como Besteiro, los hermanos Machado, Fernando de los Rios, Alvaro de Albornoz, José Castillejo... oyendo allí hablar de los libros, temas y métodos de trabajo hasta entonces desconocidos, descubriendo el rigor intelectual y la amistad de los maestros.

LA EDAD DE PLATA: 1890-1936

La atracción que ejercía Madrid sobre los que querían triunfar en el mundo de las letras era irresistible. Conforme avanzaba el siglo XIX esta tendencia no hizo sino acentuarse. A Madrid se viene a triunfar, a buscar el reconocimiento, la fama y un público lector, entre tanto se subsiste precariamente merced a las colaboraciones en los cada vez más numerosos medios de prensa. Las páginas de El Imparcial, bajo la dirección de Ortega y Munilla, El Liberal o posteriormente El Sol, por citar algunos periódicos madrileños, la colaboración en alguna revista como La Revista Nueva, Germinal, Alma Española o Europa, más tarde España, La Pluma, Revista de Occidente... sirvieron de primeras tribunas en las que iniciarse en el oficio de la pluma o para darse a conocer, además de representar un ingreso suplementario en las generalmente maltrechas economías. La proliferación de las tertulias en los cafés, auténticas antesalas introductorias de los círculos culturales madrileños, constituía una inapreciable escuela en la que se entraba en contacto con las más diversas corrientes de pensamiento y artísticas, a la par que se pasaban las largas horas de la tarde bajo techo, al amparo de un café o un vaso de leche antes de retornar a las frías y destartaladas habitaciones de las tristes pensiones madrileñas.

Así pues, Madrid, desde la segunda mitad del siglo XIX, se constituyó en el polo de atracción de la cultura española, hasta llegar a ser con el cambio de siglo la capital cultural de España, sin menoscabo de la importante actividad que en este terreno desempeñó Barcelona, cuna del modernismo. El peregrinaje a Madrid en muchos casos se convierte en estancia definitiva: Galdós, Baroja o Azorín, por citar algunos ejemplos; aunque no siempre sucedió así: Unamuno retornó a Salamanca, huyendo de la, a su juicio, fatuidad de la vida capitalina y Machado fue a Soria a ocupar su cátedra de francés, a pesar de lo cual los lazos con Madrid no fueron cortados de raíz.

Con la llegada del nuevo siglo aparece la figura del intelectual íntimamente ligado a Madrid. Dos son los acontecimientos que marcan su nacimiento: la solidaridad con los procesados en Montjuich y el desencadenamiento de la primera guerra mundial. Las aspiraciones renovadoras plasmadas en la Institución Libre de Enseñanza encontraron un aldabonazo en el desastre del 98, que con las reacciones al proceso de Montjuich hacen que escritores, periodistas, abogados,... den un paso más allá de la mera crítica de los males del país. Surge la necesidad del compromiso. Compromiso con la renovación y regeneración de España, en la que ellos como intelectuales se encuentran llamados a jugar un papel de primer orden. Es en estos momentos cuando se produce el acercamiento al recientemente constituido movimiento obrero, en unos casos de forma circunstancial, como Unamuno y Ortega y Gasset; en otros de forma permanente, como Besteiro, Fernando de los Rios o Araquistain. En Madrid se encuentra el Poder, el político y el económico, pero también el cultural. En la capital está la cúspide del Saber, tanto oficial -la Universidad Central y las Academias-, como crítico -la Institución, el Ateneo...-. Además, es el lugar en el que se concentran las editoriales y los grandes diarios; donde la naciente opinión pública encuentra su principal acomodo. No es extraño, pues, que Madrid se constituya en el más importante foco de la intelectualidad española, aquí se dan cita los principales instrumentos del poder intelectual.

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En Madrid los intelectuales encuentran todos los órganos, todos los atributos de su poder: un periódico, una editorial, una cátedra, una tribuna, una crónica... Todo aquello que, al favorecer la publicidad de su pensamiento, les otorga cierto protagonismo. En la capital se hallan los elementos que dan razón de ser al intelectual, tomando carta de naturaleza en su actuación política. La palabra se convierte en un contrapoder, que encuentra su fuerza en la elaboración de un discurso en el que se reconocen como grupo coherente, cuya articulación se traduce en la construcción de una alternativa política y cuya legitimidad descansa en el pueblo, al que pretende liberar mediante la reforma de la sociedad. De esta manera, la crítica se transforma en oposición política, que en el caso de Ortega desemboca en su aspiración a crear un partido de la intelectualidad, encontrando su manifestación más aproximada en la Alianza al Servicio de la República, fundada el 10 de febrero de 1931.

El Ateneo de Madrid durante estos años prosiguió su labor cultural y, cada vez más, política en la etapa de Azaña como secretario, 1912-1921, con el creciente enfrentamiento a la dictadura de Primo de Rivera hasta su clausura en 1925. Foro privilegiado para las nuevas corrientes culturales y científicas, su papel pionero en la difusión del positivismo y el evolucionismo durante el último tercio del siglo XIX encontró correlato en la difusión de las nuevas tendencias científicas. La experiencia de la Escuela de Estudios Superiores del Ateneo, impulsada por Segismundo Moret entre 1986 y 1907, contribuyó a generar el ambiente propicio, junto con la Institución Libre de Enseñanza, que desembocaría en la creación de la Junta para Ampliación de Estudios. Las conferencias del Ateneo contaron con la participación de las figuras nacionales y extranjeras más importantes del momento, como Einstein o Bergson. Su preocupación permanente por la extensión de la cultura condujo a la creación de las conferencias de Extensión Universitaria, que culminaron con la creación de la Universidad Popular de Madrid en 1904. Dentro de estas experiencias dedicadas a la extensión de la cultura entre las clases populares destaca la fundación en 1910 de la Escuela Nueva, por Manuel Núñez arenas, con notable influencia en los medios socialistas madrileños.

La generación del 98. Madrid en el cambio de siglo.

Pero volvamos al principio, en el último decenio del pasado siglo hacen su aparición toda una serie de autores, que posteriormente serán conocidos como la generación del 98 en expresión afortunada de Azorín, que van a renovar en profundidad las letras españolas, siguiendo la senda abierta por Galdós, a través de la estilización del discurso literario en aras de la concisión y la claridad de las imágenes, en una permanente búsqueda de la precisión y la exactitud de los caracteres y ambientes a recrear, avanzando por los caminos abiertos por el realismo y profundizados en el naturalismo.

unamuno.jpg (23900 bytes)Al margen de la polémica sobre la exactitud de la denominación de generación del 98, para caracterizar a los escritores que hicieron su aparición en el panorama de las letras españolas a finales del siglo XIX, resulta evidente que autores como Azorín, Baroja, Ganivet, Antonio Machado, Maeztu, Unamuno, Valle-Inclán... fueron partícipes de un mismo ambiente, donde preocupaciones, periódicos y cafés fueron compartidos sin menoscabo de la autonomía de la obra de cada uno. La crisis del 98, con la perdida de las últimas colonias, puso de manifiesto ante la sociedad española la decadencia de España, denunciada lustros atrás por krausistas e institucionistas, causa y efecto del anquilosamiento de sus estructuras: políticas, atrapadas en la espesa red del caciquismo; económicas, en las que el proteccionismo actuaba de rémora para el despegue definitivo del proceso industrializador, subordinado a un sector agrario atrasado y hegemónico en la sociedad española; sociales, donde una extremada polarización quedaba al descubierto debido a la crisis del paternalismo y la quiebra definitiva de las relaciones de subordinación y dependencia de una sociedad preindustrial en franco retroceso y la emergencia de un conflicto de clases crecientemente articulado, por las nuevas organizaciones obreras nacidas al calor de la llegada de la Internacional; y, en fin, culturales, fruto de las altas tasas de analfabetismo y del enquistamiento de una Universidad vuelta al pasado y cerrilmente hostil a las nuevas corrientes científicas y de pensamiento, evidenciado en las Cuestiones Universitarias, que dejaron fuera de la misma a algunas de las más renombradas figuras de la cultura española del momento, como Giner de los Rios, Gumersindo de Azcárate y Nicolás Salmerón. Esta desesperanzadora situación dio pábulo al nacimiento de las corrientes regeneracionistas, que ganaron para su causa a un importante sector de la cultura española del cambio de siglo, alineada en torno a un amplio a la vez que vago proyecto reformista, que encontró sus principales adalides en la Institución Libre de Enseñanza, el reformismo social de la Comisión de Reformas Sociales, origen del Instituto de Reformas Sociales, y el auge de las corrientes higienistas.

Madrid aparecía ante estos jóvenes provincianos, cargados de ilusiones por encontrar su hueco en las letras españolas, como el faro desde el que brillar con luz propia y el lugar apropiado para contribuir a la renovación de costumbres, prácticas y modos de vida. No debe extrañar, pues, la evolución personal seguida por los miembros de la llamada generación del 98. Su radicalismo juvenil encontró una vía de realización en el compromiso social y político. Azorín se hizo anarquista; Baroja se transformó en martillo implacable de las lacras sociales, imbuido de los postulados higienistas; Unamuno se convirtió al socialismo, mientras Maeztu se decantaba por un confuso anarcosocialismo.

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Angel Ganivet puede ser considerado el precursor de la generación del 98, con la publicación de su Idearium español (1897), donde son diagnosticados los males y propuestos los remedios del país, que ante su temprano suicidio serán recogidos por los miembros de la generación del 98. Mientras Miguel Unamuno puede ser contemplado como su representante espiritual por excelencia, al sintetizar en la complejidad de su obra la tesis propugnada por Ganivet: Noli foras ire; in interiore Hispaniae habitat veritas. Desde el teatro a la novela, pasando por el ensayo y la poesía, Unamuno despliega su particular concepción filosófica, influenciada por Kierkegaard y William James, en la que fe y razón pugnan por encontrar un difícil y problemático acomodo, capaz de ofrecer una salida a la cuestión española, su pensamiento queda plenamente elaborado en el trayecto recorrido por sus obras En torno al castizismo (1895), Tres ensayos (1903), Vida de don Quijote y Sancho (1905), Del sentimiento trágico de la vida (1912) y La agonía del cristianismo (1925). Antonio Machado transitará desde la excelsa sobriedad de su poesía y la hondura de su prosa, ejemplificada en su Juan de Mairena (1937), la crisis de la metafísica más allá de reflexión bergsoniana -que conocía por haber seguido cursos de filosofía en la Sorbona, con el filósofo francés-, que anticipan algunos de los problemas tratados por Martin Heidegger. Ramiro de Maeztu cuya evolución desde el juvenil anarcosocialismo hasta su posterior integrismo católico y corporativismo de corte fascista, encuentra iluminación, amén de por los acontecimientos que sacuden a Europa y España en el período de entreguerras, en la influencia que Nietzsche ejerce en su pensamiento, sobre todo si tomamos en consideración las transformaciones que en el período sufrió la valoración de la obra del filósofo alemán, el tránsito se hace evidente en sus obras Hacia otra España (1899), La crisis del humanismo (1919) y Defensa de la Hispanidad.

La nómina de la generación del 98 no queda reducida a los grandes nombres mencionados, a ella hay que incorporar a otros como: Gabriel Alomar, Carlos Arniches, Ricardo Baroja, Luis Bello, Manuel Bueno, M. Ciges Aparicio, Francisco Grandmontagne, Eduardo Gómez Baquero (Andrenio), Silverio Lanza, F. Navarro Ledesma, Eugenio Noel, Miguel S. Oliver y José María Salaverría, que dan muestra de la amplitud y vitalidad de movimiento cultural que recorrió las calles de Madrid con el cambio de siglo.

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La generación del 98 encuentra su plena significación cultural en la crisis civilizatoria que atraviesa a Europa con el cambio de siglo y que se prolonga hasta el inicio de los felices veinte, que pueden ser situados en la estabilización del marco alemán en 1924 con la puesta en marcha del Plan Dawes, cuyos antecedentes se sitúan en el nacimiento de las vanguardias artísticas con la pintura de Van Gogh y Gauguin y la poesía de Valery y Rimbaud. Las influencias de Kierkegaard, Bergson y Nietzsche hablan con claridad de la imposibilidad de contemplar a los autores del 98 desde una perspectiva exclusivamente española. De la misma manera que este ambiente cultural encuentra rasgos específicos en el París decadente de Huysmans, en la Viena fin de siglo de Hofmannsthal o en el Berlín del Judendstil, la generación del 98 adquiere su propio carácter distintivo dentro de la ancha senda de ese movimiento llamado modernismo, art nouveau, secession, liberty o judendstil según se trate de España, Francia, Austria-Hungría, Italia o Alemania. Los noventayochistas abandonan la senda del naturalismo, recorrido por Galdós desde el realismo de La desheredada (1881), Tormento (1884), Fortunata y Jacinta (1886-1887) al naturalismo de Misericordia (1897), para introducirse en el postimpresionismo a través de la frase corta y el párrafo breve que, cual trallazos, buscan la plena efectividad en la totalidad del contexto narrativo, expresado paradigmáticamente en la límpida prosa de Azorín frente a la retórica ampulosa decimonónica. Valle-Inclán aparece de esta forma como la personalidad que engarza modernismo y noventayocho, sus cuatro Sonatas: Sonata de otoño (1902), Sonata de estío (1903), Sonata de primavera (1904) y Sonata de invierno (1905) preñadas de decadentismo así lo atestigua, su estética modernista a la vez que su sentido histórico crítico en su prosa y teatro sirven de punto de enlace entre la prosa noventayochista y el simbolismo de la poesía de Darío. Con el esperpento y Tirano Banderas (1926) introduce a la prosa española en la vanguardia de la literatura contemporánea, alcanzando con Luces de bohemia (1920) las más elevadas cimas de la literatura expresionista.

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Las señas de identidad de esos jóvenes, muchos de los cuales han llegado a Madrid en el último decenio del siglo, se afianzan con el nacimiento de la nueva centuria, en el enfrentamiento de noventayochistas y modernistas a la novela naturalista, a la poesía retórica de Nuñez de Arce y al drama neoromántico de Echegaray. Varios de ellos han visto ya su nombre impreso en la portada de sus primeras obras, empiezan a ser conocidos en los mentideros culturales de la Villa y Corte, comparten firma en las mismas revistas: Germinal, Vida Nueva, Revista Nueva, Juventud, Alma Española..., han visto su nombre publicado en Los lunes de El Imparcial y acuden a los mismos cafés, saltando de una a otra tertulia, organizan algunos actos como la asistencia al estreno de Electra de Galdós (1901), el banquete en honor de Baroja por la aparición de su obra Camino de perfección (1902), la visita a la tumba de Larra (1905) y la protesta contra la concesión del Premio Nobel a Echegaray, dando nacimiento, en marzo de 1905, a un manifiesto, que aireado en los cafés de los alrededores de la Puerta del Sol es pronto conocido como el manifiesto de los rebeldes, que entre otras cosas decía: "Parte de la prensa inicia la idea de un homenaje a don José Echegaray, y se abroga la representación de toda la intelectualidad española. Nosotros -con derecho a ser comprendidos en ella y sin discutir ahora la personalidad de don José Echegaray-, hacemos constar que nuestras ideas estéticas son otras y nuestras admiraciones muy distintas." Falta Pío Baroja, no por desacuerdo como por el celo de salvaguardar su autonomía, que le llevara a afirmar: "Ya constituida o seleccionada esta generación de 1898, tengo que reconocer que yo no sentí gran afinidad espiritual con ella... Los entusiasmos de aquella gente yo no los compartía..."

Las tertulias de café. Espacio de sociabilidad cultural.

El Café de Madrid, sito en la calle Alcalá en los aledaños de la Puerta del Sol, era en aquellos años del cambio de siglo el punto de encuentro de los que serían conocidos como la generación del 98, llevaban la tertulia Valle-Inclán y Benavente, asistían de vez en cuando Unamuno y Rubén Darío, hasta que una disputa entre los dos primeros divide la tertulia, Benavente marcha a la Cervecería Inglesa, Valle a la Horchatería de Candela, en la misma calle, por donde se pasaba un joven pintor llamado Pablo Ruiz Picasso, durante su corta estancia en la capital, que dibujó a aquellos jóvenes bohemios en sus animadas tertulias. Tuvo Valle-Inclán tertulia además en el Café de Fornos, en la esquina entre Alcalá y Peligros, por la que pasaron J. Dicenta, A. Sawa, Azorín, Pío Baroja, E. Zamacois, M. Bueno... En 1903 abrió un nuevo café, en la acera de la izquierda de Arenal, según se sale de la Puerta del Sol, que atraería la atención de los tertulianos, el Nuevo Café de Levante, donde se daban cita los amantes de la música para escuchar el violín de Abelardo Corvino y el piano del joven Enguita que, en palabras de Ricardo Baroja cronista de la generación del 98, "rugía bajo sus escuálidas manos y producía tanto estrépito como una orquesta entera", se dejaban caer por allí Valle, los Baroja, Azorín, los hermanos Machado, Rubén Darío... En sus Memorias, Pío Baroja nos recuerda el ambiente de aquellos cafés: "Había tertulia que era un muestrario de tipos raros, que se iban sucediendo: literatos, periodistas, aventureros, policías, curas de regimiento, cómicos, anarquistas; todo lo más barroco de Madrid pasaba por ellas".

foto6.jpg (22995 bytes)Las tertulias se reunían a diario, se saltaba de una a otra, a distintas horas del día y la noche, se celebraban en cafés y cervecerías. Pero también en los locales de los periódicos y en casas particulares, como las que tenían lugar en la de los Baroja, Antonio Machado, Villaespesa o las famosas de los miércoles en casa de Ruiz Contreras; o en los saloncillos de los teatros, en la que se daban cita literatos, especialmente dramaturgos, empresarios, músicos, actores. Es el caso del Teatro Español donde María Guerrero junto con su marido, Fernando Díaz de Mendoza, formaban tertulia, que luego se trasladó al teatro de la Princesa, siendo la excepción que confirmaba la regla de la exclusión de las mujeres de tales espacios de ocio, sociabilidad y discusión cultural y política.

Valle atraído por las bambalinas del teatro se acercaba al café del Gato Negro, en la calle del Príncipe junto al teatro de la Comedia, a la tertulia de Jacinto Benavente, para charlar de los entresijos del mundo de las tablas, por allí se dejaba caer un joven y desconocido poeta llamado Juan Ramón Jiménez. También acudía al café de la Nueva Montaña, en Sol, en los bajos del hotel de París en el arranque de la calle de Alcalá. Un atardecer del tórrido verano madrileño, formaban tertulia, además de Valle, el pintor Paco Sancha, Gregorio Martínez Sierra, el editor Ruiz Castillo y Manuel Bueno. En aquellos días la comidilla era el duelo previsto entre el artista Leal da Cámara y el joven aristócrata marqués de Cabriñana. La conversación pronto discurre sobre el acontecimiento, excitados los ánimos se produce una disputa entre Bueno y Valle, éste al grito de "¡majadero! ¡majadero!" enarboló una botella de agua. En el tumulto subsiguiente, Bello con el objeto de esquivar un posible botellazo golpeó en el brazo izquierdo a Valle, con tan mala fortuna que el gemelo se le incrustó en la muñeca, una cura chapucera en la Casa de Socorro terminó gangrenándole el brazo, por lo que se lo tuvieron que amputar. Nuestro genial escritor acabó convertido en el manco de la batalla de la Nueva Montaña. El propio Valle acabó con las disputas entre valleinclanistas y buenistas que dividieron a la bohemia madrileña, para festejarlo se organizó un homenaje a Valle, en el teatro Lara, con la puesta en escena de las obras Cenizas del homenajeado y Despedida cruel, de Jacinto Benavente. No podemos terminar de hablar de la bohemia de principios de siglo sin mencionar a algunos de sus más eximios representantes como Enrique Cornuty, Camilo Bargiela, Prudencio Iglesias Hermida y Pedro Luis de Gálvez.

foto7.jpg (54042 bytes)Por lo que se refiere al teatro, el panorama había cambiado sustancialmente a lo largo del siglo XIX. De los tres iniciales teatros que existían a principios de siglo: el Príncipe, desde 1849 Teatro Español, el de la Cruz y el de los Caños del Peral, se pasa a más de una decena, destacando la apertura en el último tercio del siglo de las salas Apolo (1873), Lara (1874), Princesa (1885), actual María Guerrero, por ser donde se radicó la compañía de la misma y su marido. Asimismo, en la época de la Restauración proliferaron los cafés-teatro, cafés-cantantes y cafés-concierto en concordancia con las nuevas modas y gustos imperantes en el público finisecular. En el cambio de siglo las carteleras teatrales todavía aparecen dominadas por el drama postromántico y la alta comedia, a los que disputan locales y público los melodramas artificiosos de Echegaray y Sellés, los dramas rurales de Feliú y Codina, el drama burgués de Benavente y el nuevo teatro de Galdós y Dicenta, este último en la senda del postnaturalismo dramático de carga social. La renovación teatral vendrá con el nuevo siglo de la mano de Valle-Inclán, a la que se incorporarán ya en los años veinte Ramón Gómez de la Serna y Jacinto Grau.

 

 

 

 

El Madrid del cuplé. La hora del descoque.

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Es en estos años cuando el teatro musical arranca en todo su esplendor, conquistando al público madrileño, tanto es así que once salas se dedicaran al teatro musical popular y al teatro por horas: Apolo, Zarzuela, Eslava, Novedades, Romea, Maravillas, Recoletos, Moderno, Felipe, Cómico y El Dorado, siguiendo la estela marcada por la opereta offenbachiana tan popular en el París del Segundo Imperio. Es el momento de triunfo de la zarzuela y de los sainetes líricos, con las obras de Ruperto Chapí La tempestad (1882) y La bruja (1887); Tomás Bretón, La verbena de la Paloma (1894), La Dolores (1895); Miguel Echegaray, El dúo de la Africana (1893), Gigantes y Cabezudos (1898); J. López Silva, La revoltosa (1897)..., así como del género bufo de Francisco Arderíus. Con el nuevo siglo la zarzuela y el sainete lírico van a iniciar su decadencia, siendo paulatinamente sustituidos de las preferencias del público por el teatro de variedades y el cuplé, aunque la presencia de Carlos Arniches prolongue su vida con el gran éxito cosechado por El santo de la Isidra (1898) y sus sainetes, a los que cabría añadir los de los hermanos Alvarez Quintero.

Por la misma época el propietario del frontón de la plaza del Carmen lo transformó en local de variedades: el Gran Kursaal, en el que se daban cita señoritos, escritores, pintores -como Julio Romero de Torres y Anselmo Miguel Nieto-, bohemios y demás gentes de la noche, para disfrutar de las actuaciones de la Bella Belén, la Fornarina, la Argentina, Pastora Imperio o la misma Mata-Hari. Con motivo de las celebraciones de la boda real entre Alfonso XIII y Victoria Eugenia, acaecida el 31 de mayo de 1906, tuvo lugar un hecho que no desmerece a la novela de Joseph Roth La noche mil dos, en el que se vio involucrado Valle-Inclán. Durante la visita del maharajá de Kapurtala, acudió con su séquito al Gran Kursaal, quedóse prendado de Anita Delgado, joven telonera del espectáculo, que le premió, para desdicha de su madre, con la más fría de las indiferencias, fue llamado Valle a mediar ante el gélido corazón de la muchacha. Marchóse desolado el maharajá, cuya alma rebosante de triste melancolía no podía olvidar a la bella Anita, envióle cartas cargadas de amor y promesas que, junto con los buenos oficios de Valle y la incansable labor de la madre, ablandaron el duro corazón de nuestra cupletista; a cambio Valle sólo solicitó una alta condecoración de Kapurtala "con derecho a uso de uniforme". Aquello no sucedió En el país de Jauja de Heinrich Mann sino en el Madrid bohemio de principios de siglo.

Es el momento del triunfo del género ínfimo, desgajado de la opereta y del Théatre des Variétés de origen francés, a través del que se cuela la sicalipsis -con la que se designaba a lo pornográfico, sexual, guarro,...-, al calor de unas canciones atrevidísimas, para la moral de la época, y el descoque de las artistas en busca del éxito, cuyo manifiesto programa podría sintetizarse en la letra de la siguiente canción:

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"Tengo dos lunares,

tengo dos lunares;

el uno junto a la boca

y el otro donde tu sabes."

 

Tres fueron las salas pioneras, el Kursaal, el Salón Madrid y el Trianón Palace, donde hacían las delicias del público Bella Belén, Bella Chiquita, Consuelo Mayendía, Pilar Cohen y la Fornarina en su primera etapa. El creciente desmadre del género ínfimo, ejemplificado en el desvergonzado entremés La Cachunda (sic) interpretado por la Criolla y el arrasador triunfo en el teatro Barbieri de Augusta Berges, en su desaforada búsqueda de la dichosa pulga a ritmo de polka, que creó escuela, llevó a la autoridad gubernativa a intervenir en la persona del gobernador civil, conde de Liniers. A rey muerto, rey puesto debieron pensar empresarios y madrileños. Nacía así el cuplé en las mismas salas y en otras que pronto siguieron su ejemplo ante el entusiasmo del personal, como el Bleu, el Gran Teatro,... llegando al paroxismo cuando la Chelito cantaba, en el cuplé de Retana y Yust Un paseo en auto, aquello de:

 

"Tanto sufría yo

al mirar que el ahogo

no lograba que aquello marchara,

que por fin me arriesgué

y al muchacho ayudé

  para que su motor funcionará."

 

 

 

 

 

 

 

El esplendor musical. De Falla a Nijinsky.

El renacimiento cultural del primer tercio del siglo XX también encontró su correlato en la música culta, frente a la atonía del XIX respecto de la música sinfónica y de cámara, fruto de la influencia del casticismo de la Corte en tiempos de Isabel II, que se traducirá en el gusto de las clases acomodadas por la música amable de salón y la zarzuela y la hegemonía excluyente de la ópera italiana, con el cambio de siglo el panorama musical madrileño empezará a cambiar significativamente, coincidiendo con la eclosión creadora de Albéniz y Granados. Manuel de Falla, perteneciente por edad a la generación del 98 representa la cumbre de este renacimiento musical, en el que también habría que mencionar los nombres de Joaquín Turina, Conrado del Campo, Julio Gómez u Oscar Esplá, que constituirían la réplica musical de la generación del 98. La música sinfónica se enfrentaba a enormes dificultades, la ausencia de orquestas estables y la hegemonía del género lírico resultaban obstáculos casi insuperables para los nuevos compositores. Baste recordar que las sinfonías de Beethoven se estrenaron en el último tercio del siglo XIX, mientras la música de cámara quedaba circunscrita a algunos salones privados, donde destaca la acción de mecenazgo del conde de Morphy o las audiciones en el salón Romero, donde actuó como pianista Albéniz. La creación en 1901 de la Sociedad Filarmónica de Madrid marcó el punto de inflexión de esta situación. En 1904 se creó la Orquesta Sinfónica de Madrid, dirigida por Enrique Fernández Arbós a partir del 15 de abril de 1905. La labor musical de Fernández Arbós fue de primera magnitud, dando a conocer al público madrileño el repertorio clásico, romántico y moderno, a la vez que programó la audición de las composiciones de los autores españoles que encontraron así una plataforma privilegiada para dar a conocer su música. En 1915 se creaba la Orquesta Filarmónica de Madrid, dirigida por Bartolomé Pérez Casas, que realizó una labor similar a la Sinfónica, enriqueciendo sensiblemente el panorama musical madrileño, que se completaba con la actividad del Conservatorio de Madrid. Años también en los que la musicología y la crítica vivieron momentos felices con Felipe Pedrell y Adolfo Salazar como figuras más destacadas, sobre el precedente de Hilarión Eslava. Adolfo Salazar fue el alma musical de la Residencia de Estudiantes, discípulo de Pérez Casas y Ravel ejerció de crítico en El Sol entre 1918 y 1936, hasta su exilio en México en 1937.

La estancia en París de algunos de los compositores españoles como Isaac Albéniz, donde conoció a Fauré, D´Indy, Debussy y Dukas entre otros, Enrique Granados o años después Manuel de Falla y Joaquín Turina contribuyó de manera decisiva a la introducción de las nuevas corrientes musicales del último tercio del XIX, especialmente la música impresionista. Su propia música se situaba en este contexto, donde la fusión de las músicas nacionales en la composición sinfónica encontraba paralelismos con lo que ocurría en otras partes de Europa, especialmente en Rusia y centroeuropa, con la música de Mussorgski, Borodín, Cui, Rimski-Korsakov, Tchaikovski, Smetana, Dvorák o Janácek.

falla.jpg (20180 bytes)Manuel de Falla llegó a Madrid en los últimos años del siglo para completar su formación musical con José Tragó. En 1899 obtenía el primer premio de piano del Conservatorio de Madrid. En 1905 ganaba el concurso de óperas españolas convocado por la Academia de Bellas Artes con La vida breve, libreto de Carlos Fernández Shaw, que no vería representada hasta 1913 en Francia, en Niza y París. En 1907 parte a París donde conoce a Debussy, Ravel o Albéniz hasta que el estallido de la Gran Guerra le hace retornar a Madrid, donde estrenó el 9 de mayo de 1916 sus Noches en los jardines de España, bajo la dirección de Fernández Arbós, influido por la música impresionista francesa. El 5 de abril de 1915 estrenaba en el teatro Lara El amor brujo, solicitado por Martínez Sierra con destino a Pastora Imperio, que más tarde convertiría en ballet, en la que se introducía por la senda de la música expresionista, en una concepción muy personal en la que se aunaba la influencia de la música española de raíces andaluzas. Un encargo de un ballet por Diaghilev, director de los ballets rusos, lleva a Falla a componer El corregidor y la molinera, estrenado el 7 de abril de 1917 en el teatro Eslava, bajo la dirección de Joaquín Turina, que bajo las sugerencias de Diaghilev terminó desembocando en el ballet El sombrero de tres picos, estrenado el 22 de julio de 1919 en el teatro Alhambra de Londres con decorados y vestuario de Picasso, coreografía de Massine y dirección de Ernest Ansermet, en el que hace su presencia un neoclasicismo, en paralelo a los caminos emprendidos por Strawinsky, alejado de los parámetros de una imposible vuelta al pasado. En 1919 Falla termina Fantasía Baetica última obra de su etapa madrileña, por encargo de Arthur Rubinstein. En Granada entablará amistad con Federico García Lorca, que le pondrá en contacto con los miembros de la generación del 27, llegando a componer para el homenaje a Góngora el Soneto a Córdoba.

Joaquín Turina fue a Madrid a completar su formación musical con José Tragó en 1902, al igual que Falla, donde se establecería desde 1915. Visitó con frecuencia París donde conoció a Albéniz, estudió piano con Mozkowski e ingresó en la Schola Cantorum. En 1918 dirigió en Madrid la orquesta durante una de las representaciones en la capital de los ballets rusos de Diághilev. El 30 de marzo de 1913, la Orquesta Sinfónica de Madrid, bajo la batuta de Fernández Arbós, presentaba con un resonante éxito su poema sinfónico La procesión del Rocío. El 10 de octubre de 1914 se estrenaba en el teatro de la Zarzuela su ópera Margot, acompañada de una fuerte polémica en la que no faltaron los reventadores profesionales. Mientras el 13 de febrero de 1920, la Orquesta Filarmónica de Madrid, bajo la dirección de Pérez Casas, estrenaba las Danzas fantásticas. El 6 de marzo de 1923 se interpretó en el Teatro Real su Jardín de Oriente.

Además de Falla y Turina no debemos olvidar al madrileño Conrado del Campo, que en 1903 fue promotor del Cuarteto Francés, transformado en 1919 en el Quinteto de Madrid, con la incorporación de Joaquín Turina, y en 1925 en la Agrupación de Unión Radio hasta la guerra civil, director desde 1939 de la Orquesta Sinfónica de Madrid y fundador en 1947 de la Orquesta de Radio Nacional de España. Ni pasar por alto al también madrileño Julio Gómez, director desde 1915 de la Biblioteca del Conservatorio de Madrid, colaborador habitual de la prensa madrileña como crítico musical destacan sus crónicas en El Liberal. En 1917 obtuvo un clamoroso éxito su Suite en la, representada por la Orquesta Filarmónica de Madrid, bajo la batuta de Pérez Casas. En Madrid también recaló por aquella época Oscar Esplá, desde 1919 hasta el estallido de la guerra civil, donde estrenó la Orquesta Sinfónica de Madrid en 1913 su poema sinfónico El sueño de Eros. En 1923 compuso la nochebuena del diablo con textos de Rafael Alberti, del mismo poeta serían sus Canciones playeras, estrenadas por Fernández Arbós con la Orquesta Sinfónica el 20 de marzo de 1930, en el teatro de la Zarzuela. También el madrileño Vicente Arregui, su ópera Yolanda se estrenaría en el Teatro Real en 1923 con escasa fortuna.

Musicalmente hablando la generación del 27 encontró su réplica en Madrid con el grupo de los ocho: Juan José Mantecón, Fernando Remacha, Rodolfo Halffter, Ernesto Halffter, Julián Bautista, Gustavo Pittaluga, Rosa García Ascot y Salvador Bacarisse. Influenciados por la música de Falla, Ravel y Strawinsky avanzaron por el camino de la vanguardia musical en paralelo a lo realizado por sus coetáneos literarios, en el que se entremezclan el neoclasicismo matizado de Strawinsky con el dodecafonismo y las raíces españolas, explotadas por Falla, que engarzan con las corrientes folklóricas, neoclásicas, vanguardistas y surrealistas de los poetas del 27. Ernesto Halffter puede ser considerado su figura más representativa. En 1925 realizaría su mejor obra Sinfonietta, ganadora del Premio Nacional de música de ese año, con claras influencias de Falla, la música francesa y el neoscarlattismo, expresión autóctona del neoclasicismo strawinskyano. La guerra y el exilio marcaron a esta generación de músicos, que con el cierre del Teatro Real en 1925 marcan el fin de una época dorada de la música culta española.

La importancia del renacimiento de la música culta en Madrid, que no encuentra parangón desde tiempos tan lejanos como el reinado de Carlos III, se manifestó también en las representaciones de los ballets rusos de Diághilev, con el mítico Nijinsky como primer bailarín y la Kshessinskaya, la Karsavina, la Fedorova, Fokin y Bolm en su cuadro de bailarines, convertidos en una de las grandes atracciones culturales de la época, tras su triunfal presentación en París el 1 de mayo de 1909 en la sala del Châtelet, y renovadores radicales del lenguaje musical y coreográfico de la danza con el concurso de los miembros de su cuadro técnico Bakst, Fómich, Cecchetti y Benois, con la participación de la música de Stravinsky y sus ballets El Pájaro de Fuego y la Consagración de la primavera, interpretado por Nijinsky. El propio Nijinsky bailó en Madrid en solitario, en la recepción ofrecida por la embajada de los Estados Unidos con motivo del compromiso de Kermit Roosevelt. En 1917 el Ballet Ruso estrenaba Parade en el Teatro Real, con Nijinsky todavía como primer bailarín.

La generación del 14. Madrid ciudad cosmopolita.

ortega.jpg (15990 bytes)En coincidencia con el estallido de la Gran Guerra hará su aparición una nueva generación de autores, que seguirán la senda de la renovación estética iniciada por sus predecesores, figuras ya consagradas aunque todavía en la plenitud creadora de su obra, avanzando por los caminos de la vanguardia.

En el campo del pensamiento descolla la figura de José Ortega y Gasset. Es el intelectual por excelencia, su pluma es puesta al servicio de su ideal renovador del espíritu y la vida política y social del país, para ello no desdeña ningún medio: el periódico, el libro, la cátedra, la conferencia, el ensayo... Hijo de Ortega y Munilla, director de los Lunes del Imparcial, recibió una educación esmerada, completada en Alemania, en Marburg -bastión del neokantismo-, Leipzig y Berlín -sede del neopositivismo alemán-, donde entró en contacto con la fenomenología de Husserl y con Heidegger. Catedrático de Metafísica en la Universidad de Madrid a los veintisiete años, en 1914 publicó su primer libro, Meditaciones del Quijote. A través de las páginas de El Espectador, iniciadas en 1916 y continuadas hasta 1934, recorrerá todas los temas, preocupaciones y aspiraciones de su generación, transformándose en su alma mater, papel que afianzaría con la fundación del periódico El Sol y las revistas España (1915-24) y Revista de Occidente (1923).

ortega1.jpg (19932 bytes)En 1923 publicó El tema de nuestro tiempo, donde, ya alejado de su inicial neokantismo, desarrolla las bases de su lebenphilosophie (filosofía de la vida), en plena concordancia con los aires que recorrían a Europa en esos años de crisis civilizatoria, representados por el éxito avasallador de Spengler y su Decadencia de Occidente y el impacto que, desde la expedición de Eddington y Crommelin en 1919, tuvo la teoría de la relatividad de Einstein, convertido a partir de entonces en un auténtico mito, que atravesaba fronteras geográficas y culturales. Ortega afianzado ya en su concepción filosófica, se adentrará en una larga reflexión sobre el papel de la historia en la génesis de la conciencia vital del hombre, en sus obras: En torno a Galileo (1933), Historia como sistema (1941) y Apuntes sobre el pensamiento (1943). Los vastos intereses de Ortega le llevaron a ocuparse de problemas relacionados con la estética, la política o el análisis social, en Ideas sobre la novela (1914), La deshumanización del arte (1925), Vieja y nueva política (1914), España invertebrada (1921), Rectificación de la República (1933)...

En 1930 publicó La rebelión de las masas, en la que Ortega expone su visión -cargada de nostalgia por la pérdida del gobierno de los notables característica del sistema político del liberalismo moderado posterior al cuarentayocho- sobre la irrupción de las masas al primer plano de la actuación política, en una Europa rasgada por la confrontación de las ideologías, movilizadas en torno a los pujantes fascismos y el nacionalsocialismo y el avance del movimiento comunista, alentado por la consolidación de la revolución de Octubre en la Unión Soviética.

gmiro.jpg (15830 bytes)La influencia de Ortega en la cultura española del siglo XX encuentra pocos parangones. Por lo que respecta al ámbito del pensamiento, bajo su estela se sitúan nombres como los de Manuel García Morente, Fernando Vela, Xavier Zubiri, Julián Marías, Paulino Garagorri, José Gaos, Manuel Granell, Francisco Ayala, María Zambrano... Los cinco primeros miembros de la denominada Escuela de Madrid, que bajo el influjo de Ortega, aunque desde parámetros filosóficos no necesariamente coincidentes e incluso claramente divergentes, mantuvieron abierta la senda del pensamiento en la noche oscura del franquismo; los restantes, forzados al exilio, llevaron su magisterio por tierras de Europa y América.

En el plano literario, tres nombres destacan, además del propio Francisco Ayala, por encima del resto: Ramón Pérez de Ayala, Gabriel Miró y Ramón Gómez de la Serna. A ellos habría que añadir en el campo del ensayo literario, la prosa científica y el compromiso político a Gregorio Marañon, Américo Castro, Salvador de Madariaga, Manuel Azaña y Luis Araquistáin. En Troteras y danzaderas (1913) Pérez de Ayala nos lleva de la mano del pasivo Alberto, protagonista de la tetralogía con la que inaugura su quehacer literario, por los ambientes literarios y artísticos del Madrid de la época, con una prosa que ha sido comparada con la de Aldous Huxley en Contrapunto consigue sobreponerse a la novela erótica imperante en aquellos años, cuyos mejores logros se deben a Eduardo Zamacois, epígona del naturalismo de finales de siglo.

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Es la obra y figura de Ramón Gómez de la Serna la que ejerció una mayor capacidad de atracción y fascinación, abanderado de las vanguardias artísticas del período de entreguerras, con claros paralelismos con el papel desempeñado por Apollinaire en el París de las vanguardias, cautivó a los jóvenes de la que sería conocida como generación del 27. Su escritura fragmentada, pletórica en imágenes y juegos metafóricos, encuentra en la gregueria la forma que acaba imponiéndose en toda su obra, bordeando la literatura del absurdo recorrida por Jarry en el París de finales de siglo, introductor del futurismo a través de su revista Prometeo apadrinó todos los movimientos vanguardistas de la época. Es, sin embargo, su figura, en calidad de inspirador y artífice de la tertulia del café del Pombo, la que adquirió tintes de leyenda como espejo y reflejo de una época, de la que ya sólo cabe la mirada nostálgica.

Con el estallido de la Gran Guerra asistimos al fin de todo un mundo, el de la Europa nacida con la Ilustración, el malestar de la cultura respecto de los valores de la Razón universalizadora, cristalizada en el positivismo como ideología, se expresa en el nacimiento de las vanguardias del París de la Belle Epoque, que precipita en la decadencia de la Viena fin de siglo para terminar eclosionando en la crisis civilizatoria de la Europa de la posguerra. Es el momento del ocaso del café de Levante, en el que se habían dado cita Azorín, Baroja, Valle-Inclán, los Machado, Rubén Darío, Penagos, Picasso, Romero de Torres, Gutiérrez Solana, Santiago Rusiñol, Zuloaga, Ciro Bayo, Corpus Barga, Bargiela, Silverio Lanza, Amado Nervo, Mateo Inurria... La guerra divide y apasiona a la opinión pública y a los intelectuales entre germanófilos y aliadófilos. Madrid se puebla de refugiados, espías y desertores del más variopinto pelaje, la capital adquiere así un repentino carácter cosmopolita, que impregna con su presencia a las tertulias de los cafés de los alrededores de la Puerta del Sol. Son los días del Palace, en los que Sánchez Carrillo escribe sus crónicas mientras se rumorea su affaire con Mata-Hari. Se sigue la prensa con fruición, se dan pábulo a los rumores más variopintos alentados más por los deseos de los refugiados que por las realidades de los acontecimientos bélicos. Quién más quién menos se considera general de estado mayor o alto diplomático conocedor de los entresijos ocultos de los movimientos de las cancillerías. La guerra se enseñorea de las conversaciones y las tertulias, desplazando otras cuestiones ahora consideradas menores. Son los años en los que el café del Pombo comienza a brillar con luz propia.

 

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En el Antiguo Café y Botilleria de Pombo, situado en la calle Carretas, Ramón Gómez de la Serna estableció su tertulia en 1912, los sábados por la noche, como punto de encuentro de todos los jóvenes creadores atraídos por los afanes de la renovación estética de las vanguardias, de la que quedaba excluida la política como tema de conversación, por expreso deseo de su mentor.

Los años que siguen al estallido de la Gran Guerra son los del esplendor de los cafés y tertulias. Cerca del café de la Nueva Montaña, en la calle de Alcalá, se encuentran el Colonial y el Universal; al otro lado de la Puerta del Sol, en Arenal abre sus puertas el Flor, mientras en el inicio de Preciados, enfrente del Ministerio de la Gobernación -hoy sede de la Presidencia de la Comunidad de Madrid-, se situaba el Oriental, rebasando el simbólico edificio, cercano a Carretas estaba el café de Puerto Rico -antes conocido como de las Columnas-, vecino del Antiguo Café de Levante, que marcaban el camino hacia el Pombo. Subiendo por la Carrera de San Jerónimo, dejando a un lado Lhardy y al otro al Buffet Italiano, en la calle Sevilla, esquina a Arlabán, el café Inglés era punto de encuentro de literatos y artistas, en sus aledaños el Alhambra y en el actual edificio del Banco Bilbao Vizcaya, en el esquinazo con Alcalá, el famoso Café Suizo, enfrente el Lion d'Or -en el actual emplazamiento de la cafetería Nebraska- y la Maison Doré, más tarde llamado café de Lepanto. En Alcalá esquina Cedaceros, el café Marfil sería el escenario de la tertulia de Jacinto Benavente en sus últimos años de vida; enfrente la horchatería de Candela y más allá del cruce con la calle Virgen de los Peligros, el cosmopolita café de Fornos, en el que confluían hombres de letras con actores, toreros y los primeros futbolistas, a un paso el Regina -donde permanece el hotel del mismo nombre-, más abajo, a punto de arribar de nuevo a la Puerta del Sol, el café de Madrid testigo de viejos esplendores ahora marchitos.

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Son años en los que Madrid despega, confirmada en su papel de capital del Estado, crisol de las Españas, la ciudad afianza su lento crecimiento adquiriendo renovados aires cosmopolitas. La Puerta del Sol, corazón de la ciudad, empieza a resultar estrecha y los cafés comienzan a rebasar sus aledaños a través de la calle de Alcalá. En las proximidades del actual Ministerio de Educación y Ciencia, se asentaba el café Negresco, lindando con el Círculo de Bellas Artes la Granja del Henar viviría su más brillante época. Mientras, rebasada la plaza de Cibeles enfrente del Palacio de Comunicaciones, abrían por esos años el Café Lion y la cervecería de Correos. En la Red de San Luis, frente al inicio de la calle de Hortaleza, donde se estaba configurando la Gran Vía como arteria básica de la ciudad, se situaba el café del Norte; mientras en Atocha esquina Drumen el Café de Oriente atraía a los tertulianos y en el barrio de Salamanca comenzaban su andadura el café de Jorge Juan, el Roma y la cervecería del Aguila a la vez que en Chamberí, en la glorieta de Bilbao, el Europeo y el Comercial abrían sus puertas.

Es el momento en el que nuevos personajes llenan los cafés, incorporándose o fundando nuevas tertulias, en las que conviven los nombres consagrados del noventayocho y los jóvenes del catorce que se abren paso en los círculos literarios y artísticos de la capital. Mientras en la Granja del Henar se dejaba caer Valle-Inclán, en sus estancias en Madrid, donde Ortega y Gasset mantenía su tertulia antes de ir a la redacción de la Revista de Occidente, radicada por entonces en la sede de la librería Calpe (actual Casa del Libro), en la recién abierta Gran Vía; jóvenes como César González-Ruano, Carlos Fernández Cuenca, Miguel Pérez Ferrero o Manuel Gargallo se daban cita en el café Europeo, en torno a Enrique Jardiel Poncela, quien ya empezaba a despuntar en el mundo literario, por allí paraba ocasionalmente Antonio Machado cuando visitaba a su hermano Manuel, amén del café Metropolitano, en Cuatro Caminos, donde se encontraba con Guiomar. Del Europeo pasaran al café Comercial para terminar recalando en el Gijón, que en esos momentos comenzaría a cimentar su fama. En el café de Platerías, en la calle Mayor, paraban Federico Carlos Saínz de Robles, Quiroga Pla, Manuel Galán, Suñol, Cirio Escalante...

Las vanguardias y la generación del 27.

La conmemoración del tercer centenario de la muerte de Góngora, organizado por el Ateneo de Sevilla en diciembre de 1927, dará lugar al encuentro de una serie de jóvenes poetas como Federico García Lorca, Jorge Guillén, Rafael Alberti, Dámaso Alonso, Pedro Salinas, Luis Cernuda, Gerardo Diego, Vicente Aleixandre, José Bergamín, Manuel Altolaguirre y Emilio Prados, más tarde conocidos como generación del 27, que encontraran en el ambiente de la Residencia de Estudiantes el lugar donde afianzar y proyectar su personalidad literaria. Si problemática resulta la denominación de generación del 98 para definir a los escritores que dominan el panorama literario del cambio de siglo, otro tanto ocurre con los poetas de la llamada generación del 27, dada la variedad de los planteamientos estilísticos, temáticos y literarios presentes entre los mismos, que parecen quedar encubiertos bajo el manto uniformizador de generación del 27, por lo que Jorge Guillén prefería optar por el más ambiguo apelativo de generación de los años veinte, menos comprometedor en términos literario-culturales que la anterior para referirse a sus compañeros de letras.

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Ello no es óbice para que puedan ser señalados algunos rasgos comunes, consecuencia de su pertenencia a una misma edad generacional, de la existencia de marcos de sociabilidad comunes e influencias y problemáticas culturales similares, aunque las respuestas corrieran por caminos paralelos y a veces no coincidentes. La figura de Juan Ramón Jiménez ejerció sobre los nuevos jóvenes poetas una fuerte influencia. Las vanguardias artísticas, representadas paradigmáticamente por Valle-Inclán y Ramón Gómez de la Serna, con su permanente búsqueda de nuevos caminos a recorrer, sentado el precedente inmediatamente anterior del modernismo y el simbolismo, es consustancial al ámbito de preocupaciones de los jóvenes poetas. Ortega y Gasset les abrió las páginas de Revista de Occidente, a la vez que sus ensayos, particularmente La deshumanización del arte (1925), les ponía en contacto con la problemática cultural europea de la posguerra, atravesada por la conciencia de crisis civilizatoria. Las actividades de la Residencia de Estudiantes con sus ciclos de conferencias y visitantes extranjeros, en cuya amplia nómina se encontraban las figuras más insignes de la cultura europea del momento, desde la ciencia a las letras, de la filosofía y las artes, les permitió entrar en relación directa con las nuevas tendencias y movimientos que en Europa se estaban gestando y de los que fueron a la vez partícipes, como en el caso del surrealismo con García Lorca, Buñuel y Dalí. Sus viajes al extranjero, que les posibilitaron conocer directamente otros focos de irradiación cultural, con París, Alemania e Italia como lugares de atracción preferente, pero también de los Estados Unidos que emergía como sociedad joven en plena ebullición y expansión, con la ciudad de Nueva York a la cabeza, nueva metrópolis que irradiaba el espíritu de los nuevos tiempos.

La vanguardia plástica de la escuela de Vallecas al surrealismo.

En 1915 Ramón Gómez de la Serna organiza en el Salón de Arte Moderno la exposición pintores íntegros, en la que María Blanchard aparece como la figura más relevante. Ramón, impulsor de las vanguardias, apadrinaba así la ruptura con la pintura tradicional. En las artes plásticas esta ruptura se confirma con la Exposición Artistas Ibéricos, celebrada en la primavera de 1925 en el Palacio de Exposiciones del Retiro. El manifiesto firmado entre otros por Manuel Abril, José y Rafael Bergamín, Emiliano Bassal, Paco Durrio, Juan de Echevarría, Oscar Esplá, Manuel de Falla, García Lorca, Victorio Macho, García Maroto, Joaquín Sunyer, Guillermo de Torre y Daniel Vázquez Díaz se pronunciaba por la apertura a las corrientes vanguardistas. La exposición albergó alrededor de quinientas obras, entre las que destacaban las de Dalí, Echevarría, Valentín Dueñas, Victorio Macho, García Maroto, Moreno Villa, Pelegrín, Gutiérrez Solana, Saenz de Tejada, Ucelay, Urrutia y Pablo Zelaya, en la que se entremezclaban las primeras aproximaciones al surrealismo, con un incipiente cubismo, el informalismo y el realismo. En ella se conocieron el escultor Alberto Sánchez y Benjamín Palencia, que en 1927 crearon la Escuela de Vallecas que pervivió hasta 1936. El programa de la escuela perseguía en palabras de Alberto Sánchez "poner en pie el nuevo arte nacional que compita con el de París". En 1930 se celebró la Primera Exposición de Independientes, título que rememoraba el Salón de los Independientes parisino donde nació el impresionismo y las vanguardias artísticas. En 1931 se creaba la Agrupación Gremial de Artistas Plásticos. Las nuevas tendencias pictóricas encontraron expresión en la Exposición de Arte revolucionario organizada por el Ateneo en 1933. En esas fechas nace el grupo surrealista de Madrid, integrado por Maruja Mayo, José Caballero, Alfonso Ponce de León y Juan Antonio Morales. De esta forma las vanguardias encontraban también traducción en el campo de las artes plásticas.

longoria2.JPG (40776 bytes)En el terreno arquitectónico, el empuje del movimiento vanguardista encontró eco en la pugna de las corrientes racionalistas por imponerse al movimiento modernista, que en Madrid no alcanzó la pujanza adquirida en Barcelona gracias a la figura de Gaudí. El racionalismo arquitectónico enlazaba con las nuevas corrientes que se habían abierto camino desde finales del siglo con la arquitectura de Otto Wagner en Viena y su continuidad en Adolf Loos y la Bauhaus. En Madrid serán dos nuevos espacios donde se concentre simbólicamente el movimiento racionalista: la Gran Vía y la Ciudad Universitaria, iniciada en 1927 y continuada durante la República. Edificios como la Casa de las Flores en Argüelles, realizado por Secundino Suazo, el rascacielos Carrión, en la Gran Vía, el Plan de la Castellana, como nudo de las comunicaciones ferroviarias de la capital o la colonia residencial de El Viso son las manifestaciones más visibles del racionalismo arquitectónico en el Madrid de la época.

 

 

 

 

 

Madrid protagonista de la Edad de Plata de la ciencia española. La Junta para Ampliación de Estudios.

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Asistimos en los primeros decenios del siglo XX a lo que se ha dado en llamar la "Edad de Plata" de la Ciencia Española, con ello se quiere manifestar el importante florecimiento de las ciencias naturales en nuestro país, en claro contraste con el páramo de lo que había sido la ciencia en España desde tiempos ancestrales. En el terreno de la medicina la figura de Santiago Ramón y Cajal justifica por sí misma dicho apelativo. Sin embargo, en esta ocasión dicha figura no fue el caso aislado que confirma la regla, nombres en el ámbito de la medicina como Pedro Mata y Fontanet, Orfila, Simarro en el último tercio XIX, Zulueta, Achúcarro, Lafora, Negrín, Jiménez Díaz o Marañón en el primero del XX; o, en el campo de la física figuras como Blas Cabrera, Esteban Terradas, Plans... avalan dicho calificativo. El despegue de la creación científica en nuestro país encontró apoyo en el ambiente cultural impulsado desde la Institución Libre de Enseñanza y reforzado con la creación de la Junta para la Ampliación de Estudios y de la Residencia de Estudiantes, cuya política de becas y ayudas permitió entrar en contacto a los jóvenes investigadores españoles con los centros más avanzados de la Europa del momento, facilitando así su proceso de formación y el establecimiento de relaciones científicas de nuestro país con el extranjero.

Pinar.jpg (33453 bytes)En este contexto surge la Junta para la Ampliación de Estudios (JAE). Sus orígenes se remontan al ambiente regeneracionista propiciado por los fundadores de la Institución Libre de Enseñanza. El 28 de abril de 1900 se creaba el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, como consecuencia de la división del antiguo ministerio de Fomento. El nuevo ministerio se enfrentaba a la labor de proceder a una reforma del sistema educativo que fuera más allá de los diversos ensayos reformistas del siglo XIX, que habían olvidado por completo la dimensión experimental e investigadora de la Universidad. Con el nuevo siglo esta situación era enormemente preocupante. El desarrollo científico-técnico había registrado un avance espectacular en la segunda mitad del siglo XIX en los países más avanzados, que había coadyuvado a los procesos de industrialización, encontrando proyección en la propia universidad, donde las facultades experimentales y los laboratorios científicos se habían convertido en puntales de las innovaciones tecnológicas. A principios del siglo XX el modelo paradigmático lo representaba la universidad alemana, donde apoyo estatal y conexiones con el mundo industrial habían transformado a Alemania en la primera potencia científica del planeta.

Blas Cabrera en su discurso de ingreso en la Academia Española, el 26 de enero de 1936, definía la situación desoladora de la ciencia española al comienzo de la centuria: "Para ofrecer una imagen eficiente del pasado y del presente de la Física española yo traigo a la memoria de aquellos entre vosotros que lo conocieron el barracón levantado en el patio del viejo convento de la Trinidad, sede del Ministerio de Fomento, donde se alojaba el único laboratorio de Física de que disponía la Universidad central. Mi generación fue la última que disfrutó de aquel humilde cobertizo,..." Por citar otro ejemplo significativo, baste recordar que Ramón y Cajal, el más eminente científico español de la época tenia que desarrollar sus investigaciones en el precario laboratorio de su casa construido con sus propios recursos. Es en esta situación penosa cuando se creó, en enero de 1907, la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, dependiente del recientemente creado Ministerio de Instrucción Pública. No puede obviarse la influencia que ejercieron los hombres de la Institución Libre de Enseñanza en su gestación y en los objetivos que perseguía. Prueba de ello es la presencia de José Castillejo al frente de la secretaria de la JAE.

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El espíritu de renovación que encarnaba la JAE quedaba lastrado por la sempiterna escasez de recursos del Estado, de ahí su centralización en la propia JAE. Mediante la política de becas se trataba de formar a una generación de jóvenes investigadores, fundamentalmente en el extranjero, para que en tiempos posteriores y presupuestariamente más boyantes pudieran volcar sus conocimientos en la Universidad española. La labor de la JAE a lo largo del primer tercio del siglo XX para la renovación de la ciencia española, casi habría que decir para su despegue, fue trascendental. Baste para ello recordar que durante su existencia hasta 1939 recibió 9.000 solicitudes de beca, para dentro o fuera de España, de las que se concedieron entre dos y tres mil. El propio decreto fundacional de la JAE contemplaba, además de la política de becas, la creación de pequeños centros de actividad investigadora, para optimizar los conocimientos adquiridos por los becarios en el extranjero. Estas actividades quedaron completadas con la creación por José Castillejo de los ensayos docentes, dentro de la mejor tradición institucionista, que se sustanciaron en el Instituto-Escuela y en las dos residencias, la de estudiantes y la de señoritas.

Centroestudioshistoricos1a.JPG (42760 bytes)La JAE aunque dependiente del Ministerio de Instrucción Pública mantuvo un elevado grado de autonomía, que permitió la continuidad de su labor a pesar de los avatares políticos del primer tercio del siglo XX. El control y planificación de las actividades quedó en manos de las personalidades científicas más relevantes del país. La presidencia fue ocupada por Ramón y Cajal hasta su muerte, al que sustituyó el naturalista Ignacio Bolívar. En la primera junta de gobierno de la JAE participaron como vocales Echegaray, Menéndez Pelayo, Sorolla, Costa, Santamaria de Paredes, San Martín, Calleja, Vincenti, Azcárate, Simarro, Bolívar, Menéndez Pidal, Casares Gil, Alvarez Buylla, Rodríguez Carracido, Ribera Tarragó, Torres Quevedo, Marvá, Fernández Jiménez y Fernández Ascarza, además de Castillejo como secretario.

La actividad de promoción a la investigación científica de la JAE se concretó esencialmente en la creación del Centro de Estudios Históricos y del Instituto Nacional de Ciencias Físico-Naturales. El primero nació el 18 de marzo de 1910. Su primer presidente fue Menéndez Pidal. Al Centro estuvieron vinculados Americo Castro, Rafael Altamira, Ortega y Gasset, Sánchez Albornoz o Hinojosa. Se dividía en varias secciones: filología, arqueología, arte, derecho, estudios medievales, historia, filosofía y estudios árabes e hispanoamericanos.

cajal1.jpg (26586 bytes)El Instituto Nacional de Ciencias Físico-Naturales fue coetáneo: vio la luz el 27 de mayo de 1910. Ramón y Cajal fue su primer presidente y el físico Blas Cabrera su secretario. En el investigaron además Del Río Ortega, Bolívar, Catalán, Palacio, Achúcarro, Rey Pastor, Moles, Negrín o Sacristán. En el nuevo instituto se integraron los centros ya existentes en Madrid como el Museo Nacional de Ciencias Naturales, el Museo de Antropología, el Jardín Botánico, el laboratorio de investigaciones biológicas de Cajal y la Estación biológica de Santander.

La JAE se instaló desde sus inicios en las dependencias del Palacio de la Industria y de las Artes, actualmente Museo de Ciencias Naturales, en los altos del Hipódromo. Allí se ubicaron el Centro de Estudios Históricos y la mayor parte de los nuevos laboratorios del Instituto de Ciencias. El Laboratorio de Cajal se ubicó hasta 1922 en el Museo Velasco o de Antropología, sito en el paseo de Atocha esquina a Alfonso XII. En 1931 el Centro de Estudios Históricos, la secretaría de la JAE y el depósito de publicaciones se trasladaron al antiguo Palacio del Hielo en la calle duque de Medinaceli. En los altos del Hipódromo se edificó en 1915 la Residencia de Estudiantes junto con sus diversos laboratorios. En 1920 se construyeron en el mismo lugar las instalaciones del Instituto-Escuela, actualmente Instituto de bachillerato Ramiro de Maeztu, y en 1931, también allí, fue inaugurado el Instituto Nacional de Física y Química, gracias a una subvención de 420.000 dólares de la Fundación Rockfeller.

La recepción de la teoría de la relatividad.

Madrid y Barcelona fueron los dos grandes centros receptores de la teoría de la relatividad. Sólo subsidiariamente otros núcleos como Zaragoza desempeñarían una labor de difusión de la teoría einsteiniana dado el escaso desarrollo de la física fuera de estos centros. Para hacernos una cabal idea de la situación de la Física en España en el cambio de siglo, debemos recordar que tras la reforma introducida por el Plan García Alix, a la sazón Ministro de Instrucción Pública, en 1900, sólo había Sección de Físicas en las facultades de Ciencias de Madrid, Barcelona y Zaragoza. Por lo que respecta a Sevilla y Granada sólo se podían cursar los dos primeros años.

Blascabrera2a.JPG (24238 bytes)Las estancias en el extranjero subvencionadas por la Junta de Ampliación de Estudios permitieron a una reducida nómina de físicos españoles, que constituirían la flor y nata de la Física en nuestro país, ponerse en contacto con las nuevas corrientes y problemas de la Física internacional. Además de abrir perspectivas facilitaron el establecimiento de relaciones de colaboración e información imprescindibles para avanzar en el desarrollo de la Física en España. Son los casos de Blas Cabrera, Julio Palacios, Miguel Angel Catalán, Martínez-Risco, Enrique Moles, Arturo Duperier.

No debe extrañar, pues, la pronta recepción de las teorías einsteinianas en nuestro país, eso sí reducidas a un estrecho círculo que no rebasaba más allá de los límites de influencia de los introductores de la relatividad: Blas Cabrera, José María Plans y Esteve Terradas. La situación cambiaría en los alrededores de la visita de Einstein a España en 1923. Podemos afirmar que la acogida de la relatividad en España siguió los patrones de otros países europeos, bastante más adelantados científicamente que el nuestro. Noticias sobre la teoría de la relatividad especial llegaron con prontitud, a través de las Notas alemanas de Física, publicadas como sección dentro de los Anales de la Sociedad Española de Física y Química. Fue expuesta por primera vez en 1908, en el primer congreso de la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias, por Esteban Terradas y Blas Cabrera. Repárese en la prontitud de la fecha, cuando todavía no había sido publicado el artículo de Hermann Minkovski: Espacio y Tiempo, y la relatividad especial se encontraba lejos de ser una teoría aceptada entre la comunidad de físicos.

mad.jpg (41893 bytes)Tampoco en el caso español lo fue. Valga como ejemplo la postura de Echegaray, por entonces presidente de la Academia de Ciencias de Madrid, que conociendo la teoría de Einstein en 1910, como consecuencia de presidir el acto de ingreso en la Academia de Blas Cabrera, cuyo discurso trató sobre la relatividad, mantuvo a lo largo de toda su vida un silencio despreciativo por la nueva teoría, en función de su apego a la física tradicional de raíz newtoniana, expresado paradigmáticamente en la siguiente exclamación "¡Cuántos capítulos de la vieja mecánica habría que modificar profundamente si se aceptase como buena esta última negación [se refiere a la eliminación del éter]!". Que la postura de Echegaray no era anecdótica, sino por el contrario representativa de la Física española, aparece claro cuando comprobamos la escasez de referencias existentes a la relatividad en las revistas científicas españolas. El cambio, tanto cualitativo como cuantitativo, encuentra en noviembre de 1919, en coincidencia con la sesión conjunta de la Royal Society y de la Royal Astronomical Society , un punto de inflexión cuyo máximo se alcanza con la visita de Einstein a España en 1923.

Terradas2a.JPG (14798 bytes)El silencio de Echegaray respecto de Einstein es compartido, prolongándose hasta fecha tan tardía como 1920, cuando el eco internacional de la relatividad era ya imparable. Es significativo el apoyo que desde las páginas de Madrid Científico se presta en ese interludio de tiempo a la teoría del éter. Entre ambas fechas se han publicado los artículos de Cabrera y Terradas presentados en el Congreso de la Asociación para el Progreso de las Ciencias de Zaragoza, donde se hace la primera presentación de la relatividad especial en España, sus discursos de ingreso en las Reales Academias de Ciencias de Madrid y Barcelona, y el artículo de Cabrera de 1912 en la Revista de la Real Academia de Madrid, que la redacción de Madrid Científico conocían con seguridad. El silencio fue la respuesta.

Al igual que ocurrió en el resto del mundo, la aceptación de la teoría de la relatividad se generaliza en España entre 1920 y 1923. La primera fecha viene determinada por el conocimiento internacional de los resultados de las expediciones de Eddington y Crommelin, patrocinadas por la Royal Astronomical Society, destinadas a comprobar la predicción relativista de la curvatura de los rayos lumínicos bajo la presencia de un campo gravitacional intenso. La segunda fecha está definida por la visita de Einstein a España y su recibimiento multitudinario. A esas alturas el científico alemán ya era un mito. Einstein visitó Barcelona, Madrid y Zaragoza, es decir los tres puntos nodales de la física española. La prensa madrileña se hizo eco de su presencia. El Imparcial siguió la visita con un gran despliegue informativo. Incluso el rey le entrego el título de académico de la de Exactas. Coincidiendo con esta visita, Blas Cabrera publicaba su libro Principio de relatividad, editado por la Residencia de Estudiantes, una de las mejores exposiciones de la época sobre la teoría de la relatividad. A partir de este momento los artículos sobre la teoría de la relatividad se multiplicaron en la prensa científica. El propio Ortega y Gasset se ocupó de ella en El sentido histórico de la teoría de Einstein publicado en el diario La Nación en los meses de septiembre y octubre de 1923, incorporándolo posteriormente como apéndice de su obra El tema de nuestro tiempo. Para Ortega la relatividad "contiene en germen la integridad de una nueva cultura".

La República de las letras.

azana.jpg (18758 bytes)Madrid fue testigo de uno de los momentos cumbres del compromiso del intelectual con la política. Estamos en los prolegómenos del 14 de abril y Azaña plantea la constitución de una sólida plataforma como alternativa política al régimen monárquico que incorporase un discurso de renovación y reforma. Los antecedentes más inmediatos se encuentran en el texto de Azaña Apelación a la República, de 1924, prácticamente coincidente con la clausura del Ateneo de Madrid por Primo de Rivera, que encontró continuidad en su Carta al dictador, firmada por 170 intelectuales entre los que se encontraban Ortega y Gasset, Marañón, Pérez de Ayala, Jiménez de Asúa, Pittaluga, Marquina, Zulueta, Camba, Palacios, Albornoz y Saínz Rodríguez. La implicación de los intelectuales contra la dictadura de Primo de Rivera se saldó con el confinamiento de Unamuno y Rodrigo Soriano en Canarias en febrero de 1924 y la de Jiménez de Asúa en abril de 1926 en las islas Chafarinas.

Esta oposición se concretó en la fundación de Acción Republicana por los catedráticos José Giral y Enrique Martí Jara en 1925, y la Alianza Republicana constituida en febrero de 1926 y cuyo manifiesto fue firmado entre otros por Azaña, Luis Bello, Blasco Ibáñez, Antonio Machado, Marañón, Juan Negrín, Ortega y Gasset, Pérez de Ayala y Unamuno. La sensibilidad del mundo universitario llegó a su ápice en 1928 con las revueltas estudiantiles ante la concesión del estatuto universitario a los centros docentes superiores de la Iglesia, que concitaron el apoyo de una amplía nómina de catedráticos como Ortega y Gasset, Felipe Sánchez Román, Américo Castro o Fernández de los Ríos.

machado1a.JPG (30320 bytes)Por fin el 9 de febrero de 1931 aparecía en La Tierra el manifiesto de la Agrupación al Servicio de la República, firmado entre otros por Ortega y Gasset, Marañón, Pérez de Ayala y un largo etcétera presidido por Antonio Machado. El 4 de abril, bajo la inspiración de José María de Urgoiti y Ortega y Gasset, nacía la revista Crisol, posteriormente convertida en uno de los diarios mas respetados de Madrid. El ideal republicano -o si queremos la regeneración del país bajo la República- había conquistado el corazón y la razón de los intelectuales.

En las Cortes Constituyentes de la República se sentaron 45 catedráticos y 47 escritores o periodistas que aunaban el mundo de la ciencia, el pensamiento y las letras. Nombres como los de Azaña, Besteiro, De los Ríos, Jiménez de Asúa, Madariaga, Unamuno, Cossio, Ortega y Gasset, Pérez de Ayala, Marañón, Sánchez Albornoz, D´Abadal, Pittaluga, Díaz del Moral, Recasens, Luis Bello, Giral, Negrín...señalaron el tono de las aspiraciones reformistas encarnadas por la República. Entre ellas la socialización de la cultura. En el primer gobierno ocuparon el Ministerio de Instrucción Pública Marcelino Domingo, como ministro, Domingo Barnés, como subsecretario y Rodolfo Llopis como director general de enseñanza primaria.

Las primeras medidas adoptadas consistieron en: la supresión de la obligatoriedad de la enseñanza religiosa, la duplicación de las 32.680 escuelas existentes y la ampliación del número de maestros, el establecimiento del bilingüismo en las escuelas catalanas, la creación de las Misiones Pedagógicas y de La Barraca.

En suma, un amplio abanico de reformas educativas con el objetivo de extender la cultura a las clases populares urbanas y rurales, dentro de la más pura tradición republicana, a imagen y semejanza de la Tercera República francesa de los Jules Ferry y Waldeck Rousseau. Se percibía que la propia extensión de la idea de República radicaba en extirpar el analfabetismo en campos y ciudades, a la par que avanzar en el proceso de secularización.

Barraca1a.JPG (30846 bytes)Las Misiones Pedagógicas intentaron llevar este ideal a la práctica mediante una actividad múltiple que comprendía desde las bibliotecas circulantes hasta sesiones de cine, pasando por la organización de lecturas, conferencias y una aproximación a la música a través de las audiciones discográficas, además de acercar el mundo del arte a la población por medio del Museo itinerante con copias de las obras del Museo del Prado. Estaban dirigidas por un patronato encabezado por Cossio y en el que se encontraban entre otros Antonio Machado, Pedro Salinas, Esplá y Barnes.

El Coro y el Teatro del pueblo, constituido por estudiantes, recorrían en verano los diversos pueblos de la provincia representando obras de los clásicos españoles. Estaba dirigido por Alejandro Casona y Eduardo M. Torner, mientras que el museo circulante estaba a cargo de Luis Cernuda, Rafael Dieste y Sánchez Barbudo, entre otros. El maestro en los pueblos era el introductor de las Misiones.

La Barraca, dirigida por Federico García Lorca, cumplió un papel de primer orden. En ella participaron estudiantes voluntarios de la Federación Universitaria Escolar (F.U.E.). Su primera gira se realizó en julio de 1931, funcionando hasta 1937. Representó también a los clásicos pero igualmente realizó un homenaje a Antonio Machado en 1933 en Madrid, en el que Lorca leyó La tierra de Alvargonzález. Experiencias similares fueron El Búho de Max Aub o el TEA de Rivas Cherif.

Madrid, el hollywood español.

Un nuevo medio de expresión artística y cultural como el cinematógrafo comenzó a popularizarse en aquellos años, al amparo de la labor realizada por las Misiones pedagógicas. El ambiente cultural que se vivía en la Residencia de Estudiantes no escapó al influjo de este nuevo medio. Uno de sus residentes, Luis Buñuel gestó en la Residencia su personal y magistral concepción del lenguaje cinematográfico, en contacto con las nuevas corrientes culturales y estéticas que recorrían la Europa de aquellos años. Buñuel en La colina de los chopos trabó amistad con Dalí y García Lorca, entrando en relación con el movimiento surrealista, que tenía en París su máxima expresión. Una de sus primeras obras fue el documental Tierra sin pan, realizado en 1933, en el que exponía de manera descarnada y bajo el influjo expresionista las condiciones miserables de vida de Las Hurdes. La llegada al gobierno de las derechas a finales de 1933 hizo que Buñuel tuviera que sonorizarla en París en 1937, convirtiéndola en un alegato antifascista en el que denunciaba los resecos frutos del oscurantismo español. En realidad Madrid se estaba convirtiendo en la Meca del cine español, dando origen a una incipiente industria. Las sesiones cinematográficas tuvieron pronto amplia resonancia en los centros urbanos y, por supuesto, en Madrid. Proliferaron las salas de proyección e incluso los cines de verano al aire libre conquistaron el espíritu de los madrileños menos pudientes. Surgía así un nuevo espacio de sociabilidad e integración en el mundo social del barrio, que además ponía en contacto con otros mundos.

buñuel1a.JPG (20905 bytes)En 1929 se rodaba en Madrid la primera película sonora del cine español, El misterio de la Puerta del Sol, con el sistema de De Forest. En octubre de 1931, aprovechando la celebración del Congreso Hispanoamericano de Cinematografía, se creó en el restaurante Llardy la CEA (Cinematografía Española Americana), con la participación de Benavente, Arniches, los hermanos Álvarez Quintero, Muñoz Seca y Luca de Tena entre otros. En abril de 1932 Rafael Salgado era elegido presidente de la CEA. Los primeros estudios fueron instalados en la Ciudad Lineal, rodando su primer cortometraje sonoro, Saeta en 1933 y El agua en el suelo con argumento de los Álvarez Quintero en 1934. Paralelamente, se creaba E.C.E.S.A. (Estudios Cinema Español, S.A.) el 29 de octubre de 1931, con la participación de León Artola, Casto Fernández Shaw, Federico Loyogorri y Vives, Leopoldo García Durán y el conde de Vallellano entre otros. Sus estudios se instalaron en Aranjuez, donde se rodaron algunas películas. En mayo de 1935 impulsada por Acción Católica y El Debate se creaba E.C.E (Ediciones Cinematográficas Españolas), cuyas primeras películas fueron El 113 con argumento de Pemán y Currito de la Cruz de Fernando Delgado, el estallido de la guerra civil puso fin a la experiencia. También en Madrid se inauguraron los estudios Iberia Films, luego Cinearte, en 1933; los Estudios Ballesteros Tona Films en 1934, donde Sáenz de Heredia realizó Patricio miró a una estrella; los Estudios Roptence e Industrias Cinematográficas Españolas abría sus estudios en Chamartín en 1935. Mención aparte por su importancia lo constituye Cifesa, con sede social en Valencia pero radicada en Madrid, fundada el 15 de marzo de 1932 por el industrial valenciano Manuel Casanova Llopis, realizó en 1934 La hermana San Sulpicio con Imperio Argentina de protagonista, a las que siguieron El novio de mamá (1934), La verbena de la Paloma (1935) y Nobleza baturra (1935) entre otras. Finalmente no puede olvidarse la actividad de Ricardo M. Urgoiti, con la fundación de Filmófono, dedicada a la importación y distribución de películas para el mercado español, propietario a su vez de la mejor cadena de cines de Madrid. Urgoiti impulsó la creación del Cineclub Proa-Filmófono, bajo la dirección de Luis Buñuel, que estrenó entre otras las películas Carbón y L´opera des quatré sous de Pabst, Viva la libertad y Entr´acte de René Clair, Le sang d´un poète de Cocteau, La golfa de Renoir, Octubre de Eisenstein o Vampir de Dreyer, así como el film de Buñuel L´Age d´or en el Palacio de la Prensa, de claros postulados surrealistas. Urgoiti se introdujó en el campo de la producción de películas de la mano de Luis Buñuel, que formó un equipo permanente de colaboradores con Eduardo Ugarte Pagés, codirector con García Lorca de La Barraca, el operador José María Beltrán, Eduardo G. Maroto como montador, Domènec Pruna de ayudante de dirección y Enrique Herreros como jefe de publicidad. La primera película de Filmófono fue Don Quintín el amargao (1935), dirigida por Luis Marquina y rodada en los estudios de la C.E.A., a continuación rodaron La hija de Juan Simón (1935) en cuya dirección participaron Buñuel y Sáenz de Heredia, en la que intervenía Carmen Amaya. En 1936 se rodaba ¿Quién me quiere a mí?, dirigida por Sáenz de Heredia y ¡Centinela alerta! de Jean Grémillon. Con el estallido de la guerra civil Cifesa se incorporó al bando nacionalista mientras Filmófono permaneció en el lado republicano. La derrota de la República en 1939 condenó al exilio a los integrantes de Filmófono.

La polarización política de los intelectuales.

Existía, pues, una cultura republicana que encarnaba los valores de la Revolución francesa para cuya realización era imprescindible avanzar en los procesos de secularización y socialización de la cultura, que convirtiese en ciudadanos a los hombres y mujeres del país. Pero también en los años treinta siguieron alimentándose las corrientes tradicionalistas, que encontraron un propicio caldo de cultivo en el enfrentamiento creciente entre la República y la Iglesia, que llevaron a algunos intelectuales a un progresivo deslizamiento hacia posiciones propias de un catolicismo ultramontano, como es el caso de Ramiro de Maeztu. Coetáneamente un sector minoritario de la intelectualidad abrazó el credo corporativista representado por el fascismo italiano. La llegada de Hitler al poder en Alemania en 1933 fascinó a alguno de estos intelectuales con la estética del nazismo. En este contexto se desarrolló la trayectoria de Giménez Caballero. La Gaceta Literaria que fundó en 1927, convertida en portavoz de la llamada generación del 27, fue deslizándose en los años treinta hacia los postulados estéticos y políticos del fascismo.

En otras palabras, la creciente polarización política de los años treinta en Europa terminó afectando a la cultura republicana, que se vio atravesada por estas nuevas corrientes que respondían a unos parámetros radicalmente diferentes y que encontraban sus inmediatas señas de identidad en la crisis civilizatoria que se desarrolló en los primeros años de la postguerra tras la hecatombe de 1918. En este contexto los católicos sociales de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, impulsada por Herrera Oria, encontró en las páginas de El Debate el medio de expresión para los tradicionalistas, pero también de los corporativistas, cuya simbiosis queda ejemplificada en la figura de Ramiro de Maeztu, a título individual, o en Acción española como grupo colectivamente organizado. En cuya revista, además de Maeztu, participaron Vegas Latapié, Victor Pradera, José María Pemán, el marqués de Lozoya o Eugenio Montes. En alguno de ellos, a las referencias antedichas se unía la influencia ejercida por los postulados nacionalistas-autoritarios de la Action française de Charles Maurras.

Sin embargo esta confrontación no agotaba la complejidad de las corrientes culturales que se desenvolvieron en la España republicana y que tuvieron en Madrid su mayor resonancia. Así, por ejemplo, desde el campo católico la respuesta no fue exclusivamente el tradicionalismo. Un catolicismo de carácter humanista, desde luego minoritario, se proyecto en la revista Cruz y Raya, fundada por José Bergamín en abril de 1933. Aquí volvemos a notar un paralelismo con Francia, donde también se desarrollaba el catolicismo humanista de Mauriac o Bernanos.

Esta creciente polarización provocó el paulatino distanciamiento y desengaño de alguno de los padres de la República como Ortega y Gasset. Posteriormente, en los comienzos de la guerra civil, otros intelectuales siguieron la misma senda. Son los casos de Marañón, Madariaga o Sánchez Albornoz. Ellos mismos se autodenominaron la tercera España. Otra manifestación de corte similar lo constituye el exilio interior cuyo ejemplo más dramático está representado por Miguel de Unamuno.

Madrid en guerra. El fin de la Edad de Plata.

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El hecho de que la ciudad de Madrid fuera teatro básico de operaciones militares unido a la propia dinámica del conflicto, hizo que su papel difusor de la cultura republicana quedara diluido. Valga como símbolo la destrucción de la ciudad universitaria, frente principal de combate en noviembre de 1936, cuando apenas llevaba en funcionamiento seis años. Madrid se convierte en el símbolo de la resistencia antifascista en el ámbito internacional con un valor simbólico similar al que para las derechas europeas tuvo el Alcázar de Toledo. La llegada de las brigadas internacionales movilizó las conciencias de los intelectuales demócratas de todo el mundo. Con ellos llegaron a Madrid periodistas y reporteros, poetas y escritores. Las imágenes de la batalla de Madrid sintetizadas por Robert Cappa o el cineasta Karmen y las crónicas periodísticas de Hemingway dieron la vuelta al planeta. Viceversa la irrupción de El acorazado Potemkin, Octubre, de Eisenstein, y de documentales, generalmente de procedencia soviética, son los emblemas de una cultura proletaria que informa a la ciudad en guerra. El estallido de la guerra había significado el desplazamiento de los republicanos y la hegemonía de las organizaciones obreras al menos hasta finales de 1937. Del Ateneo como lugar central del debate político e intelectual se pasó a las casas del pueblo y los ateneos libertarios como focos de expansión de la cultura obrera. Los intelectuales republicanos puestos en la tesitura de la guerra civil acentuaron su compromiso político, a través de la pluma o la acción directa. Ambos polos quedan representados respectivamente en las figuras de Antonio Machado y de Miguel Hernández como miliciano de la cultura o Rafael Alberti, impulsor junto a María Teresa León de la revista Octubre, fundada en junio de 1933 y mentores de Milicia Popular, diario del Quinto Regimiento cuyo primer número vio la luz el 26 de julio de 1936. En el publicaron trabajos entre otros Luis de Tapia, Ramón J. Sénder, José Bergamín, Rafael Alberti, José Herrera Peteré, Miguel Hernández y Antonio Machado. Escribieron poemas para la antología Poetas de la España leal, Emilio Prados, Manuel Altolaguirre, Vicente Aleixandre, José Moreno Villa, León Felipe, Miguel Hernández y Rafael Alberti. En su inmensa mayoría formaban parte de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, constituida en julio de 1936, que publicó la revista El mono azul desde el 27 de agosto de 1936 hasta julio de 1938.

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El 24 de noviembre de 1936 la crema y nata de la intelectualidad republicana abandonó la ciudad sitiada y maltratada por los bombardeos. El destino fue Valencia, nueva capital republicana. La nómina de viajeros comprendía un abigarrado y selecto conjunto de figuras de las ciencias, las artes y las letras que había protagonizado el despertar de la cultura española durante el primer tercio del siglo XX y que había encontrado en Madrid su epicentro. En Valencia publicaron la revista Hora de España, de enero de 1937 a noviembre de 1938. En ella participaron León Felipe, Bergamín, Antonio Machado, Rodolfo Halfter, Luis Lacasa, Dámaso Alonso, José Gaos, José Fernández Montesinos, Alberti, Moreno Villa, Sánchez Barbudo, Rafael Dieste, Juan Gil Albert, Arturo Serrano Plaja, Manuel Altolaguirre, Ramón Gaya, Angel Gaos, María Zambrano, Rosa Chacel, Vicente Huidobro, Vicente Aleixandre, Emilio Prados, Luis Cernuda, Miguel Hernández..... Las bombas habían puesto fin a la edad de plata de la cultura española.

TIEMPO DE SILENCIO. 1939-1956.

Con el fin de la guerra civil se abre un periodo de raquitismo cultural que abarca todo el decenio de los cuarenta. Frente al esplendor del primer tercio del siglo XX, el panorama cultural de posguerra es desolador. Las causas son múltiples. Al masivo exilio exterior de los protagonistas más representativos de la edad de plata se unió el exilio interior forzado o voluntario, del que no escaparon siquiera algunos de los intelectuales que habían apoyado a los militares sublevados, desde Dionisio Ridruejo a Vegas Latapié. Fue el mundo de La colmena.

Madrid se convierte en el centro productor de los fundamentos ideológicos del Nuevo Estado. Dos revistas marcan la evolución en este sentido. Vértice representa los postulados ideológico-estéticos vinculados a Falange y simboliza la opción política del país hasta la derrota del nazismo. En ella participaron Giménez Caballero, Sánchez Mazas, Edgar Neville, Eduardo Aunós, Dionisio Ridruejo, Víctor de la Serna, Agustín de Foxá y Eugenio D´Ors, bajo la dirección de Manuel Halcón. A su vez la revista Escorial, fundada en 1940 por Ridruejo y Laín Entralgo, y con Luis Rosales y Antonio Marichalar como secretarios, trató de abrir algunos resquicios frente al monolitismo excluyente del falangismo militante de Vértice. En ella participaron entre otros Valdecasas, Sánchez Mazas, Vivancos, Alfaro, pero también encontraron acogida Menéndez Pidal, Dámaso Alonso, Zubiri, Julián Marías, Tovar, Torrente Ballester, José Antonio Maravall y Díez del Corral. El régimen encorsetó hasta tal extremo el concepto de cultura que los propios impulsores de Escorial, años después, reconocían lo infructuoso de su intento de abrir, aunque fuera ligeramente, las espitas de la reflexión intelectual. En Ideas para una filosofía de la Historia de España García Morente, uno de los principales bastiones ideológicos del nacional-catolicismo, reducía el intento a las preguntas "¿Qué es la hispanidad?...¿Qué tipo de hombre es ese que la hispanidad legitima?". El mismo responde "La idea del Imperio español es la idea del imperio católico, mundial" que en la contemporaneidad se resuelve en "una muda y trágica protesta española frente a lo que se piensa y se dice y se hace en el resto del mundo". Ante este panorama un joven llamado Camilo José Cela, hijo del bando de los vencedores, publicó en 1942 La familia de Pascual Duarte, en la que desde un realismo descarnado denuncia las miserias de la España rural. Algunos años después, en 1951, se vio obligado a publicar en Argentina, La Colmena, novela urbana que retrataba el miserable ambiente de los años cuarenta en Madrid. El autor fue expulsado de la Asociación de la prensa de Madrid y prohibido su nombre en todos los periódicos españoles.

A partir de 1945 los nuevos rumbos de la política internacional impusieron acentuados virajes para el régimen. También en el plano cultural bajo la dirección del ministro Ibáñez Martín. El recambio fue el nacional-catolicismo. Desde la Universidad Central hasta la enseñanza primaria la nueva doctrina lo invadió todo. Con razón decía el obispo Herrera Oria "Désenos la Universidad y todo lo demás se nos dará por añadidura". Dirigismo educativo y cultural que también se extendió al campo de la investigación. Todavía en plena guerra civil, en 1938, el gobierno de Burgos suprimía la Junta para Ampliación de Estudios. Un año más tarde, por Ley del 24 de noviembre de 1939, se creaba el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. En el preámbulo de la Ley se exponían los parámetros que iban a regir la ciencia: "En las coyunturas más decisivas de su Historia concentró la Hispanidad sus energías espirituales para crear una cultura universal. Esta ha de ser la ambición más noble de la España del actual momento,... frente a la pobreza y paralización pasadas... Tal empeño ha de cimentarse, ante todo, en la restauración de la clásica y cristiana unidad de las ciencias, destruida en el siglo XVIII". Se trataba, por tanto, de reinstaurar una "nueva ciencia española" como declaraba el ministro Ibáñez Martín, además presidente del CSIC hasta 1967. En suma, parece como si el ministro quisiera retornar a los tiempos anteriores a Newton.

Tiempos de confrontación. 1956-1976.

Bienvenidomistermarshall1a.JPG (59302 bytes)El cambio gubernamental del 18 de julio de 1951 supuso el comienzo del fin del modelo económico autárquico y la puesta en marcha de una política industrializadora que encontrará su máximo exponente a partir de 1959 con el Plan de Estabilización y desde 1962 con los planes de desarrollo. Madrid quedó profundamente alterado en su textura política, social y económica. De hecho surgió una nueva ciudad, una metrópoli industrial con nuevas exigencias culturales. Por otra parte las nuevas formas de oposición política permitieron abrir nuevos cauces que se fueron ensanchando progresivamente desde mediados de los años cincuenta. Había fracasado la idea de Universidad del ministro Ibáñez Martín. Conforme se consolidaba en la capital una clase media afín al desarrollismo de los sesenta y sus hijos traspasaban el umbral de la Complutense, el control dirigista sobre el aparato universitario se tornaba cada vez más difícil. El ideal tomista como primer motor ideológico del hecho de investigar entraba en colisión directa con la propia lógica del desarrollismo. La apertura al exterior impulsó nuevos elementos de cultura cotidiana, entre los que el menos desdeñable no fue precisamente la irrupción del american way of life. El modo de vida americano que ya empieza a ser visible desde finales de los cincuenta, alterando las pautas del consumo.

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La propia institución eclesiástica fue receptiva a las transformaciones sociales. Los avances de la urbanización posibilitaron, a pesar del propio régimen, un incremento de los procesos de secularización. El 28 de octubre de 1956 se realizaba la primera emisión oficial de Televisión Española. Era el símbolo de los incipientes pasos hacia la constitución de una sociedad de consumo, en términos económicos y culturales. En ese mismo año estallaba la revuelta estudiantil en la Universidad de Madrid, que iba a significar la quiebra del control político pacífico, a través del Sindicato Español Universitario, y su obligada sustitución por el control policial de la Universidad, lo que no fue óbice para la permanente contestación de la Universidad a todo lo que representaba la dictadura. Con el paso de los años la contestación también alcanzó al profesorado. En 1965 los catedráticos de la Complutense Tierno Galván, García Calvo y López Aranguren, como consecuencia de encabezar una manifestación estudiantil, fueron expulsados de las aulas. La creación del SDEUM (Sindicato de Democrático de Estudiantes de la Universidad de Madrid) significó el definitivo desmantelamiento del SEU, a finales de los sesenta. La Universidad ya era una causa perdida para la dictadura. Una universidad que acabó por forjar otra universidad paralela donde saciar el hambre cultural: seminarios, recitales, cine-forums, ciclos de conferencias, utilizando como plataforma la red de colegios mayores. Encontró aliento en los jóvenes profesores recién incorporados por la propia lógica de la masificación universitaria.

Las transformaciones de los sesenta hicieron necesaria una apertura de la información de doble naturaleza: muy restringida en los medios de masas y más liberal en los productos de minorías, es decir en algunas revistas especializadas. Así la prensa diaria, la televisión y la radio -monopolio informativo de Radio Nacional de España- continuaron bajo la minuciosa vigilancia del Ministerio de Información y Turismo. La Ley de prensa del ministro Fraga Iribarne de 1966 consolidaba esta situación. El ejemplo más paradigmático de ello lo constituyó el cierre definitivo del diario Madrid el 25 de noviembre de 1969.

triunfo1a.JPG (38352 bytes)La relativa tolerancia en el mundo de las revistas permitió la publicación en Madrid de Cuadernos para el diálogo, fundada en 1963, bajo la dirección de Joaquín Ruiz Giménez, ex-ministro de Educación nacional cesado como consecuencia de los incidentes universitarios de 1956, y el cambio de orientación de Triunfo, fundada en 1942 en Valencia por José Angel Ezcurra y trasladada su redacción a Madrid en 1948, como revista de información cinematográfica y teatral. En los años sesenta se convirtió en una revista de información general de cada vez mayor significación opositora, que le valieron numerosas sanciones. En sus páginas encontraron cabida las figuras más relevantes de la intelectualidad crítica de la época. Esta nueva ambientación también tuvo su reflejo en el mundo editorial, uno de cuyos centros neurálgicos fue Madrid, en competencia con Barcelona. En este papel de difusión cabe destacar la actuación de determinadas librerías madrileñas, verdaderos reductos de libertad y con una estrategia de importación clandestina de obras en español prohibidas en nuestro país. Valga como ejemplo la librería Fuentetaja. A partir de todas estas vías llegaron las nuevas corrientes culturales que recorrieron Europa antes y después del mayo del 68, alentando un renacimiento cultural de fuertes contenidos críticos desde el punto de vista de la reflexión intelectual y de la oposición a la dictadura.

En el campo de las artes plásticas los años sesenta vivieron un importante renacimiento en el que destacó el grupo El Paso. Los precedentes más inmediatos se remontaban a la escuela de Madrid, 1945-1959, denominación acuñada por Ramón Faraldo y Manuel Sánchez Camargo para definir a un amplio abanico de artistas entre los que se encontraban Martínez Novillo, Enrique Valdivieso, Agustín Redondela, Cristino Mayo y Ricardo Macarrón, caracterizados por el predominio de un paisajismo en el que se trasluce un cierto expresionismo y un marcado rigor constructivo en el dibujo, en los que se podía rastrear el influjo de la escuela de Vallecas. Su primera exposición se realizó en 1945 en la galería Buchholz bajo el título joven escuela madrileña en la que participaron entre otros Juan Antonio Morales, Pablo Palazuelo, Juana Faure y Alvaro Delgado. Más significativa fue por su transcendencia la creación del grupo El Paso en febrero de 1957, integrado por Antonio Saura, Manuel Villares, Rafael Canogart, Manuel Rivera, Antonio Suárez, Pablo Serrano y los críticos José Ayllón y Manuel Conde. Su primera exposición se realizó en 1957 en la galería Buchholz. En 1959 publicaban el manifiesto El Paso en el que se planteaban vigorizar el arte español contemporáneo, meses después abandonarían el grupo Pablo Serrano, Francés y Antonio Suárez, incorporándose Martín Chirino y Viola. El Paso representa la consolidación del informalismo, dentro de una interpretación muy plural que incluía el figuracionismo de Saura, influenciado por la pintura de acción americana y con un marcado acento expresionista. En 1958 organizaron la semana de arte abstracto en el Museo de Arte Contemporáneo en colaboración con Fernández Alba y la escuela de arquitectura de Madrid, en la que participaron entre otros Martín Chirino, Eduardo Chillida, Angel Ferrant, Canogar, Feito, Millares, Saura y Tapiés, incluyendo un homenaje a Joan Miró.

foto14.jpg (48674 bytes)Dentro de las nuevas corrientes plásticas destacan la nueva figuración, movimiento integrado por Eduardo Arroyo, Fernando Somoza, Tomás Egea y Rafael Amezaga entre otros; la escuela realismo madrileño bajo el cobijo de la figura emblemática de Antonio López, en la que participaban Miguel Angel Argüello, Antonio de Casas, Julio López Hernández o Isabel Quintanilla. Finalmente habría que reseñar la denominada Nueva Generación a raíz de una exposición organizada por la galería Amadis en 1967, en la que se adscriben durante su corta existencia Luis Gordillo, Manuel Barbadillo, José María Yturralde o Elena Asins entre otros, simbolizan el declive del informalismo y el ascenso de las tendencias del abstraccionismo geométrico, la figuración de base psicoanalítica y el figuracionismo pop. Las vanguardias plásticas se encontraron con la incomprensión del régimen cuyos postulados estéticos estaban anclados en un rancio tradicionalismo puesto al servicio del ideal nacionalista, lo que llevó a muchos de sus protagonistas a militar en las filas de la oposición democrática, que encontró en las obras plásticas de estos autores una nueva forma de expresar la contestación a la dictadura. El caso más emblemático lo representarían los carteles de Juan Génoves, que junto con el Guernica de Picasso se convirtieron en símbolo de las nuevas generaciones.

 

 

 

 

DEMOCRACIA Y SOCIEDAD DE CONSUMO. EL MERCADO CULTURAL.

A partir de 1975 los nuevos aires de libertad alimentaron nuevas experiencias culturales. Un ejemplo lo tenemos en la formación de una estructura de medios de información. En mayo de 1976 nació El País, en octubre Diario 16. El fin del monopolio informativo de Radio Nacional, el 3 de octubre de 1977, posibilitó ampliar y contrastar la información. Lo mismo sucedió en televisión. La Ley de 23 de diciembre de 1983 autorizó el nacimiento de las cadenas privadas de televisión, con una especial dedicación a la información local y regional en el caso de Telemadrid, que inició sus emisiones en 1989.

De 1956 a 1986 Madrid en el plano cultural ha cambiado radicalmente al hilo de los dos grandes procesos que han transformado a España en la segunda mitad del siglo XX: la estructuración de una sociedad de consumo de masas y la recuperación de la democracia. Ambos acontecimientos han afectado profundamente a los roles culturales y a la propia forma de expresión y creación cultural. Madrid es en la actualidad una urbe metropolitana conectada con la red de las grandes ciudades europeas. La cultura se ha visto afectada por los procesos de internacionalización dominantes desde el fin de la segunda guerra mundial. La creación cultural ha quedado atravesada por su incorporación a los circuitos de comercialización internacionales de la mano del desarrollo de los mass-media. Surge así el mercado cultural, que tiene en las grandes ciudades se espacio natural por definición. Dichas transformaciones han modificado profundamente el espacio cultural de Madrid, con su incorporación a los circuitos internacionales de las grandes exposiciones, los macroconciertos o los grandes espectáculos deportivos o culturales.

foto11.jpg (24869 bytes)La llegada de la democracia a los Ayuntamientos en 1979 marcó el punto de inflexión de este proceso, con la creación de los Veranos de la Villa o por parte de la Comunidad Autónoma del Festival de Otoño, y en el campo del arte con la creación de la feria Arco. La gestión del primer Ayuntamiento democrático, dirigido por Tierno Galván, convertido en figura emblemática del nuevo Madrid, significó la recuperación de la ciudad para la cultura, mediante la creación de un espacio cultural multiforme y complejo que encontró su manifestación más visible en lo que se ha dado en llamar la movida madrileña, de desiguales resultados pero que era demostrativo del nuevo ambiente que recorrió la ciudad en la primera mitad de los años ochenta.

Cuando se inicia la década de los noventa, Madrid puede ser calificado de complejo cultural. Multitud de actividades en los más variados campos se desarrollan cotidianamente en la ciudad. Desde el cine, con los ya tradicionales ciclos de la Filmoteca Nacional y con la aparición de salas especializadas en versiones originales, películas de autor y cine underground, que ha encontrado su expresión en lo que ha venido en denominarse cine urbano madrileño, hasta la inauguración en 1992 del Museo Thysen y la revitalización del Centro de Arte Reina Sofía, que configuran con el Museo del Prado, el eje pictórico más importante del mundo, pasando por el Auditorio Nacional, todas estas realizaciones dotan de carácter al espacio urbano de una ciudad que conecta con los grandes centros urbanos en el espacio cultural europeo, al igual que sucedió en otra situación muy diferente con el Madrid de la edad de plata. Un espacio cultural que se enfrenta al reto de definir sus objetivos a la vez que consolidar unas infraestructuras culturales que sirvan de soporte a los mismos, en un espacio urbano definido por su carácter de metrópolis.

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